Carlos Manuel López-Portillo
En el billar, el juego de carambola a tres bandas se practica en una mesa sin troneras. Para anotar un punto, la bola tiradora debe contactar a las otras dos bolas después de haber rebotado en tres o más bandas.
No basta con precisión: se requiere cálculo, audacia y una sensibilidad casi artística para anticipar los rebotes. Cada tiro es, en realidad, una apuesta informada sobre el comportamiento de un sistema complejo.
La política internacional funciona bajo esa misma lógica, aunque en la actualidad parezca lo contrario. Los actores racionales no improvisan; miden trayectorias, calculan riesgos y aceptan que incluso las mejores jugadas pueden producir efectos no deseados. Cuando el contexto se vuelve más volátil y el uso de la fuerza deja de ser excepcional, el juego deja de ser meramente táctico y se transforma en una prueba de poder.
En 2026, bajo la segunda administración del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha modificado de manera sustantiva su forma de jugar en Medio Oriente. A diferencia del enfoque de contención diplomática y equilibrio administrado que caracterizó a la era Obama, y del primer mandato de Trump centrado en sanciones y disuasión retórica, el segundo ciclo trumpista ha incorporado sin ambigüedades el uso recurrente de la fuerza y una presencia militar más visible como instrumentos normales de política exterior.
Los bombardeos selectivos, el refuerzo de bases, la presencia naval sostenida y la disposición explícita a escalar si se cruzan ciertas líneas rojas han redefinido el tablero. No se trata de una guerra declarada, pero tampoco de una mera estrategia de presión económica. Es una política de choque calculado: golpear lo suficiente para disuadir, sin quedar atrapado en un conflicto total que Estados Unidos no desea administrar a largo plazo.
La relación con Irán ilustra con claridad este nuevo equilibrio inestable. Teherán ha dejado de ser únicamente el objeto de sanciones o de negociaciones nucleares intermitentes para convertirse en el antagonista central de una arquitectura regional basada en la disuasión activa. Estados Unidos ya no apuesta a moderar a Irán mediante incentivos diplomáticos, sino a contenerlo mediante demostraciones periódicas de fuerza, mientras mantiene abiertos canales mínimos de negociación que eviten una escalada irreversible.
Irán, por su parte, responde con una lógica igualmente sofisticada. Avanza de manera gradual en su programa nuclear, endurece su retórica frente a Washington y continúa utilizando a sus aliados y milicias regionales como instrumentos de presión indirecta. El juego del policía bueno y el policía malo persiste, pero ahora se desarrolla en un entorno más militarizado, conflictivo socialmente y con márgenes de error cada vez más estrechos. No hay intención inmediata de guerra abierta, pero sí una disposición constante a probar los límites del adversario.
En este contexto, Israel se consolida como la pieza central de la estrategia estadounidense. Ya no es solo un aliado preferente, sino el principal ejecutor regional de la contención contra Irán. El respaldo de Washington es explícito y operativo, lo que le permite a Israel actuar con mayor libertad, aunque también lo expone a convertirse en el blanco prioritario de represalias directas e indirectas. Es la bisagra estratégica de Occidente, pero también el jugador que asume los mayores riesgos inmediatos.
Arabia Saudita continúa siendo un contrapeso indispensable, más por su rol económico y su ubicación estratégica que por su desempeño militar. A pesar de las dudas que han generado conflictos prolongados como en Yemen, Riad sigue siendo una pieza clave para sostener el equilibrio energético y político regional. Turquía, en paralelo, mantiene su ambigüedad estructural: coopera cuando le conviene, se distancia cuando puede y utiliza cada crisis para reforzar su autonomía estratégica. De ahí surge la posibilidad de una alianza entre ambos jugadores para contrarrestar a Israel; la intersección del poder económico saudita y el poder militar turco. No olvidemos que Turquía sigue con el claro objetivo de ser un jugador hegemónico en la región.
Lo que emerge de esta dinámica no es un Medio Oriente más estable, sino uno funcionalmente inestable. Desde la perspectiva de Washington, la fragmentación y la tensión controlada impiden la consolidación de una hegemonía regional capaz de desafiar intereses estadounidenses. La presencia militar reforzada no busca pacificar la región, sino gestionar el desorden de manera favorable, distribuyendo costos y manteniendo la iniciativa estratégica.
Dado los componentes religiosos y culturales de estos sistemas políticos, la administración estadounidense parece haber asumido que el orden regional debe ser contenido o influido a través de la fuerza, más que reformado o democratizado, como lo han demostrado las malas experiencias previas. La inestabilidad deja de ser un fracaso y se convierte en una herramienta. Estados Unidos interviene cuando es necesario, castiga cuando lo considera útil y se retira parcialmente cuando el costo de permanecer supera el beneficio.
El tiro, entonces, ya no es elegante ni silencioso, como en la carambola clásica. Es más duro, estridente, más visible y más riesgoso. Pero sigue siendo, en esencia, un tiro de tres bandas: fuerza militar, disuasión estratégica y negociación latente.
La mesa ha cambiado, las bandas son más estrechas y el margen de error es menor. El juego continúa.
Carlos es especialista en inteligencia, geopolítica y gestión de riesgos, con formación en Ciencias Políticas y estudios de posgrado en Responsabilidad Social, negociación y resolución de conflictos, y análisis de microexpresiones (Paul Ekman Group). Es socio fundador de Crisol Consulting y ha ocupado cargos directivos en Pinkerton y Stratfor-RANE, además de asesorar a la Presidencia de México. Analista y comentarista en diversos medios nacionales e internacionales, es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Panamericana.
Participación en El Sol de México






