Soberanía bajo presión

Soberanía bajo presión


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Andrea Rosas Guzmán

/ No hace falta que Washington dicte por escrito la agenda mexicana para que quede claro cómo quiere ordenarla. México y Estados Unidos vuelven a la mesa en septiembre para revisar el T-MEC, con una asimetría que no está en el tratado: el acceso al mercado estadounidense se negocia con resultados de seguridad. El precedente se fijó en febrero de 2025, cuando México evitó un arancel de 25% con 10 mil elementos de la Guardia Nacional en la frontera norte. 

El 1 de julio, Washington rechazó renovarlo automáticamente y abrió revisiones anuales hasta 2036: su certidumbre es ahora periódica y, por tanto, negociable. Esta semana, ambas presiones se cruzaron. El 27 de julio, el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller afirmó desde el Pentágono que el sistema judicial mexicano "no funciona" por los cárteles; al día siguiente, Trump abordó el tratado en Fox News: "México y Canadá nos necesitan; nosotros no los necesitamos a ellos". 

Esa incertidumbre ya se paga. Con más del 80% de las exportaciones mexicanas colocadas en ese mercado, ceder es comprensible. Pero aunque la inversión extranjera directa marcó récord en el primer trimestre, nueve de cada diez dólares fueron reinversión de empresas ya instaladas: el capital nuevo apenas representó 7 de cada 100, menos de la mitad de su promedio histórico. Nadie compromete capital a diez años si la negociación se reabre cada doce meses. 

El costo no es solo económico. Las agendas nacionales quedan condicionadas a ese enfoque: la migración se mide por cuántas personas dejaron de llegar al país vecino, 90% menos según la Cancillería; el comercio, por cuánto contiene México el narcotráfico; y la seguridad, por decomisos y extradiciones. Protección, medio ambiente y desarrollo pierden espacio, no por ser menos urgentes, sino por ser menos redituables. 

El problema no es cooperar, sino que la cooperación se mida con un solo criterio: el de Washington. La soberanía no se pierde solo cuando otro país interviene en el territorio, también cuando decide qué se atiende primero. Una "cooperación sin subordinación" exige agendas diferenciadas y compromisos equivalentes, no una sola mesa donde todo quede subordinado al interés de Trump por securitizar la relación. Sin reciprocidad medible, la responsabilidad compartida se vuelve unilateral: uno acata la orden, el otro decide si eso basta.

Soberanía bajo presión
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