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De PUTINización a TRUMPización en Ucrania
Aribel Contreras / Llantos al fondo de escenas que nos hacen llorar, sirenas que suenan sin parar, disparos de misiles y drones que se oyen cada vez más cerca, y una narrativa que rompe los tímpanos del derecho internacional... así han sido los últimos cuatro años de millones de ucranianos que no respiran paz, sino el humo del fuego que no cesa. Sí, se han cumplido cuatro años de las peores brutalidades que la humanidad haya atestiguado durante las últimas ocho décadas en la guerra de Rusia c
Aribel Contreras
/ Llantos al fondo de escenas que nos hacen llorar, sirenas que suenan sin parar, disparos de misiles y drones que se oyen cada vez más cerca, y una narrativa que rompe los tímpanos del derecho internacional... así han sido los últimos cuatro años de millones de ucranianos que no respiran paz, sino el humo del fuego que no cesa.
Sí, se han cumplido cuatro años de las peores brutalidades que la humanidad haya atestiguado durante las últimas ocho décadas en la guerra de Rusia contra Ucrania. Han sido mil cuatrocientos sesenta días de la invasión rusa sobre territorio ucraniano y ni Trump ni nadie ha frenado a Putin con sus ambiciones de regresar a hacer Rusia grande otra vez. El Make America Great Again se ha transformado en un Make Russia Great Again ante las ambiciones territoriales Putinistas de construir un nuevo imperio ruso basado en arsenal nuclear y conquista de territorio que alguna vez fue parte de la entonces Unión Soviética.
A lo largo de estos cuatro largos años he venido escribiendo desde “De la OTANización a la desPUTINización”, “La guerra en Ucrania: un cisne negro”, “Ucrania: entre el colonialismo de dos neopopulistas y neocolonialistas” hasta “Ucranianos al grito de guerra en la Cumbre del Futuro” y “¿Dos o diez años de guerra volcánica en Ucrania?”, entre otras reflexiones. Pero con el regreso de Trump a la Casa Blanca donde la comunidad internacional le creyó que acabaría con la guerra en Ucrania en tan solo 24 horas, hoy es momento de hablar de la PUTINización a la TRUMPización.
Ucrania se encuentra entre la espada y la pared. El Kremlin representa una espada filosa mientras que la Casa Blanca simboliza una pared y no precisamente blanca sino ensangrentada en el campo de batalla, pero también de la injusticia y la desvergüenza. Putin pasó de ser el gran paria internacional y el gran enemigo de Ucrania a invitado VIP de Trump en la Cumbre de Alaska celebrada el año pasado. Pero el deshielo de la diplomacia en Alaska no fue suficiente para un cese al fuego ni siquiera milimétrico.
Rondas de negociaciones en Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Suiza se han dado cita, pero ninguna latitud geográfica parece ser suficiente para avanzar en el diálogo político que apunte a una paz. Acuerdos van y vienen a la misma velocidad que los vuelos del enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner a Moscú y a otras ciudades, así como de los drones rusos que atacan a Ucrania y sobrevuelan el espacio aéreo de diferentes países europeos.
Se dice que nadie está ganando la guerra, pero al final parece que quien lleva la delantera es el desgaste y la frustración. Miles de millones de dólares se esfuman al utilizarlos en un andamiaje de guerra que a veces parece tambalear y a veces apunta a recargarse. Exigencia de celebración de elecciones en un país en guerra, casos de corrupción, intercambio de soldados que se encontraban como rehenes y niños secuestrados han llenado los titulares internacionales. Sin embargo, ni Putin muestra señales de ceder para llegar a un acuerdo ni Trump desaprovecha un instante para ver cómo hacer negocios de la guerra, como el acuerdo que firmó Estados Unidos con Ucrania en materia de minerales críticos y tierras raras.
La PUTINización se centra en una guerra de interés personal para pasar a la historia como el presidente que le devolvió a Rusia no sólo el territorio que alguna vez fue ruso, sino como quien le regresó la dignidad y el status de que Rusia sea vista como un país hegemónico capaz de hablar y negociar al mismo nivel de iguales con Estados Unidos y con China.
La TRUMPización se enfoca a querer llegar a un acuerdo de paz por un deseo profundo de reconocimiento internacional a través del Premio Nobel de la Paz, no por un interés genuino del presidente de Estados Unidos. Pasar de la guerra a la paz como una gran posibilidad de hacer un jugoso negocio como el venderle armas a Europa para que Ucrania se defienda, pero a la vez no brindar garantías de seguridad a Ucrania es una hipocresía estridente.
Ucrania se encuentra en un laberinto donde es muy complejo encontrar la salida ya que entre la PUTINización y la TRUMPización es difícil distinguir quién es el aliado y quién es el enemigo.
Participación en El Sol de México
México más allá de Norteamérica: Abrir la agenda y sumar aliados
José Joel Peña Llanes / México vive una paradoja desde hace tres décadas. Su economía se expandió hacia América del Norte, pero su diplomacia aspira a mantener una presencia activa en América Latina y, cada vez más, fuera del continente. El resultado ha sido una dependencia difícil de corregir. Desde la entrada en vigor del TLCAN y hoy con el T-MEC, la integración con Estados Unidos –y, en menor medida, con Canadá– se volvió el eje del crecimiento exportador, sin que eso se traduzca automátic
José Joel Peña Llanes
/ México vive una paradoja desde hace tres décadas. Su economía se expandió hacia América del Norte, pero su diplomacia aspira a mantener una presencia activa en América Latina y, cada vez más, fuera del continente. El resultado ha sido una dependencia difícil de corregir. Desde la entrada en vigor del TLCAN y hoy con el T-MEC, la integración con Estados Unidos
–y, en menor medida, con Canadá– se volvió el eje del crecimiento exportador, sin que eso se traduzca automáticamente en diversificación comercial.
La red mexicana de acuerdos es amplia, pero tener tratados no equivale a exportar más a nuevos destinos. La concentración persiste porque pesan la geografía, las cadenas regionales de valor y la logística. Ese "anclaje" se vuelve un dilema político cuando Washington usa el comercio como amenaza. En el segundo mandato de Donald Trump, iniciado en enero de 2025, el mensaje ha sido claro: la revisión del T-MEC prevista para julio de 2026 será exigente y los aranceles han vuelto al centro de la negociación.
Para reducir riesgos asociados a las amenazas del presidente Trump, México ha cedido en temas sensibles y ha ajustado su política comercial con terceros. Un ejemplo es el aumento de aranceles a partir del 1 de enero de 2026 para productos provenientes de países con los que no se tiene un TLC impactando las importaciones asiáticas, incluidas las chinas (2.º origen de importaciones). Más allá del objetivo industrial y de protección del mercado interno, la medida envía un mensaje geopolítico: México busca evitar que se le continúe percibiendo como “puente” de mercancías chinas hacia el mercado estadounidense, pero tampoco desea abrir un frente con su vecino del norte. Beijing respondió con una investigación por posibles barreras comerciales y sostuvo que la revisión del T-MEC no debería condicionar la relación de México con terceros.
La clave es diversificar. No se trata solo de vender más, sino de construir opciones. Con los países del Consejo de Cooperación del Golfo hay margen para cooperación energética, financiamiento e innovación. La Unión Africana y la Zona de Libre Comercio Continental Africana abren una frontera de alianzas, inversión y conectividad. Y la Unión Europea sigue siendo un socio estratégico, y más ahora que se espera la firma de un acuerdo interino para adelantar la parte comercial mientras avanza la ratificación del Acuerdo Global modernizado.
El cambio de fondo es político. México necesita pasar de una política exterior ideologizada a una pragmática. Esto implica mantener valores, sí, pero priorizar resultados, gestionar riesgos y formar coaliciones variables por temas. Sobre todo, debe evitarse que la política exterior se convierta en una extensión del proyecto político interno que implica, entre otras cosas, la selección de socios por afinidad, porque eso reduce el margen de negociación y limita la construcción de alianzas estables y útiles.
En un entorno de presión e incertidumbre crecientes, abrir la agenda y sumar aliados no es un lujo, es margen de maniobra.
Participación en El Heraldo De México

Todos los caminos llevan a Türkiye
Juan Ascencio Moctezuma / En un sistema internacional marcado por la fragmentación, la competencia geopolítica y la búsqueda de nuevos equilibrios, la diplomacia multilateral se ha convertido en una herramienta clave para las potencias medias. Türkiye parece haber entendido bien esta lógica. En 2026, el país se colocará en el centro de la agenda global gracias a un intenso calendario de cumbres y foros internacionales en Ankara, Antalya y Estambul, que consolidan su proyección como uno de los a
Juan Ascencio Moctezuma
/ En un sistema internacional marcado por la fragmentación, la competencia geopolítica y la búsqueda de nuevos equilibrios, la diplomacia multilateral se ha convertido en una herramienta clave para las potencias medias. Türkiye parece haber entendido bien esta lógica. En 2026, el país se colocará en el centro de la agenda global gracias a un intenso calendario de cumbres y foros internacionales en Ankara, Antalya y Estambul, que consolidan su proyección como uno de los actores más influyentes de la actualidad.
La llamada diplomacia de cumbres es una herramienta importante para las potencias medias. Ser el anfitrión de eventos de alto nivel va más allá de los aspectos logísticos: es un rol que garantiza acceso a discusiones y negociaciones en las que el país puede promover sus intereses y contribuir a la construcción de consensos.
El calendario diplomático de Türkiye para 2026 incluye la Cumbre de la Unión Interparlamentaria Internacional (abril, Estambul); la Cumbre de Líderes de la OTAN (julio, Ankara); la Cumbre de Cambio Climático, COP31 (Antalya, noviembre) y la Cumbre de Líderes de la Organización de los Estados Túrquicos (último trimestre del año, con sede por definir).
A ello se suma el Foro de Diplomacia de Antalya, que se celebrará en abril. Este encuentro, comparable a la Conferencia de Seguridad de Múnich o el Foro Raisina de India, se ha consolidado como un espacio cada vez más relevante, cuya agenda refleja las prioridades de la política exterior turca y la visión de Ankara sobre los desafíos globales más apremiantes.
Hospedar cumbres y foros internacionales es también un ejercicio de poder suave. El papel de anfitrión dará a Türkiye margen para influir en la agenda de las discusiones, incidir en la redacción de declaraciones finales y acceder a conversaciones informales de alto nivel. Es un ejercicio de liderazgo a través de la hospitalidad y la capacidad de convocatoria.
Las cumbres de 2026 ofrecerán a Türkiye una oportunidad de afianzar su identidad como un constructor de acuerdos y un actor internacional responsable. Será especialmente relevante observar la construcción de consensos al interior de la OTAN en temas como la guerra en Ucrania, así como las negociaciones en la COP31 sobre energía y financiamiento para el cambio climático.
Estos encuentros también permitirán a Türkiye mostrar al mundo sus capacidades de organización, el profesionalismo de su servicio diplomático, la infraestructura de sus ciudades, sus atractivos turísticos -principalmente en el caso de Antalya- y su riqueza cultural. Una cumbre internacional es más que política, es una plataforma global de proyección de imagen.
Desde luego, hospedar cumbres es una inversión significativa. Türkiye deberá asumir costos importantes en materia de seguridad, infraestructura, traductores, tecnología y logística. Sin embargo, se trata de una apuesta estratégica orientada a consolidar una marca nacional que, en el mediano plazo, puede traducirse en mayor atracción de inversiones, turismo y capital político.
El intenso calendario de 2026 es el resultado de la confianza que Türkiye se ha ganado en el escenario internacional. Constituye, además, un ejemplo para otras potencias medias -como México- sobre la importancia de mantener una política exterior activa, una diplomacia profesional y un papel en el mundo que sea factor de orgullo nacional.
Türkiye se ha consolidado como uno de los centros más dinámicos de la política internacional contemporánea. Más allá del prestigio y la visibilidad, tendrá la oportunidad única de contribuir a la búsqueda de soluciones a los principales desafíos globales, que se enmarquen en el derecho internacional y que enfaticen el valor del multilateralismo. No queda más que desearle éxito en este ambicioso ejercicio diplomático.
Participación en El Economista:

México-Unión Europea: Del unilateralismo al transatlantiquismo
Aribel Contreras / En el año 2000 arrancó el Acuerdo de Asociación Económica, Coordinación Política y Cooperación (Acuerdo Global: AG) entre México y la Unión Europea (UE). El pilar comercial se separó y se conoce como TLCUEM pero al final la relación bilateral es integral. Sin embargo, las disciplinas comerciales se diversificaban, el mundo cambiaba y le geopolítica se reconfiguraba, por lo que era vital apostar por una modernización integral. Entre obstáculos comerciales y frenos políticos la
Aribel Contreras
/ En el año 2000 arrancó el Acuerdo de Asociación Económica, Coordinación Política y Cooperación (Acuerdo Global: AG) entre México y la Unión Europea (UE). El pilar comercial se separó y se conoce como TLCUEM pero al final la relación bilateral es integral. Sin embargo, las disciplinas comerciales se diversificaban, el mundo cambiaba y le geopolítica se reconfiguraba, por lo que era vital apostar por una modernización integral. Entre obstáculos comerciales y frenos políticos la modernización estuvo estancada pero el AG continuaba operando.
Participación en El Economista

Tiro de tres bandas
Carlos Manuel López-Portillo En el billar, el juego de carambola a tres bandas se practica en una mesa sin troneras. Para anotar un punto, la bola tiradora debe contactar a las otras dos bolas después de haber rebotado en tres o más bandas. No basta con precisión: se requiere cálculo, audacia y una sensibilidad casi artística para anticipar los rebotes. Cada tiro es, en realidad, una apuesta informada sobre el comportamiento de un sistema complejo. La política internacional funciona bajo esa
Carlos Manuel López-Portillo
En el billar, el juego de carambola a tres bandas se practica en una mesa sin troneras. Para anotar un punto, la bola tiradora debe contactar a las otras dos bolas después de haber rebotado en tres o más bandas.
No basta con precisión: se requiere cálculo, audacia y una sensibilidad casi artística para anticipar los rebotes. Cada tiro es, en realidad, una apuesta informada sobre el comportamiento de un sistema complejo.
La política internacional funciona bajo esa misma lógica, aunque en la actualidad parezca lo contrario. Los actores racionales no improvisan; miden trayectorias, calculan riesgos y aceptan que incluso las mejores jugadas pueden producir efectos no deseados. Cuando el contexto se vuelve más volátil y el uso de la fuerza deja de ser excepcional, el juego deja de ser meramente táctico y se transforma en una prueba de poder.
En 2026, bajo la segunda administración del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha modificado de manera sustantiva su forma de jugar en Medio Oriente. A diferencia del enfoque de contención diplomática y equilibrio administrado que caracterizó a la era Obama, y del primer mandato de Trump centrado en sanciones y disuasión retórica, el segundo ciclo trumpista ha incorporado sin ambigüedades el uso recurrente de la fuerza y una presencia militar más visible como instrumentos normales de política exterior.
Los bombardeos selectivos, el refuerzo de bases, la presencia naval sostenida y la disposición explícita a escalar si se cruzan ciertas líneas rojas han redefinido el tablero. No se trata de una guerra declarada, pero tampoco de una mera estrategia de presión económica. Es una política de choque calculado: golpear lo suficiente para disuadir, sin quedar atrapado en un conflicto total que Estados Unidos no desea administrar a largo plazo.
La relación con Irán ilustra con claridad este nuevo equilibrio inestable. Teherán ha dejado de ser únicamente el objeto de sanciones o de negociaciones nucleares intermitentes para convertirse en el antagonista central de una arquitectura regional basada en la disuasión activa. Estados Unidos ya no apuesta a moderar a Irán mediante incentivos diplomáticos, sino a contenerlo mediante demostraciones periódicas de fuerza, mientras mantiene abiertos canales mínimos de negociación que eviten una escalada irreversible.
Irán, por su parte, responde con una lógica igualmente sofisticada. Avanza de manera gradual en su programa nuclear, endurece su retórica frente a Washington y continúa utilizando a sus aliados y milicias regionales como instrumentos de presión indirecta. El juego del policía bueno y el policía malo persiste, pero ahora se desarrolla en un entorno más militarizado, conflictivo socialmente y con márgenes de error cada vez más estrechos. No hay intención inmediata de guerra abierta, pero sí una disposición constante a probar los límites del adversario.
En este contexto, Israel se consolida como la pieza central de la estrategia estadounidense. Ya no es solo un aliado preferente, sino el principal ejecutor regional de la contención contra Irán. El respaldo de Washington es explícito y operativo, lo que le permite a Israel actuar con mayor libertad, aunque también lo expone a convertirse en el blanco prioritario de represalias directas e indirectas. Es la bisagra estratégica de Occidente, pero también el jugador que asume los mayores riesgos inmediatos.
Arabia Saudita continúa siendo un contrapeso indispensable, más por su rol económico y su ubicación estratégica que por su desempeño militar. A pesar de las dudas que han generado conflictos prolongados como en Yemen, Riad sigue siendo una pieza clave para sostener el equilibrio energético y político regional. Turquía, en paralelo, mantiene su ambigüedad estructural: coopera cuando le conviene, se distancia cuando puede y utiliza cada crisis para reforzar su autonomía estratégica. De ahí surge la posibilidad de una alianza entre ambos jugadores para contrarrestar a Israel; la intersección del poder económico saudita y el poder militar turco. No olvidemos que Turquía sigue con el claro objetivo de ser un jugador hegemónico en la región.
Lo que emerge de esta dinámica no es un Medio Oriente más estable, sino uno funcionalmente inestable. Desde la perspectiva de Washington, la fragmentación y la tensión controlada impiden la consolidación de una hegemonía regional capaz de desafiar intereses estadounidenses. La presencia militar reforzada no busca pacificar la región, sino gestionar el desorden de manera favorable, distribuyendo costos y manteniendo la iniciativa estratégica.
Dado los componentes religiosos y culturales de estos sistemas políticos, la administración estadounidense parece haber asumido que el orden regional debe ser contenido o influido a través de la fuerza, más que reformado o democratizado, como lo han demostrado las malas experiencias previas. La inestabilidad deja de ser un fracaso y se convierte en una herramienta. Estados Unidos interviene cuando es necesario, castiga cuando lo considera útil y se retira parcialmente cuando el costo de permanecer supera el beneficio.
El tiro, entonces, ya no es elegante ni silencioso, como en la carambola clásica. Es más duro, estridente, más visible y más riesgoso. Pero sigue siendo, en esencia, un tiro de tres bandas: fuerza militar, disuasión estratégica y negociación latente.
La mesa ha cambiado, las bandas son más estrechas y el margen de error es menor. El juego continúa.
Carlos es especialista en inteligencia, geopolítica y gestión de riesgos, con formación en Ciencias Políticas y estudios de posgrado en Responsabilidad Social, negociación y resolución de conflictos, y análisis de microexpresiones (Paul Ekman Group). Es socio fundador de Crisol Consulting y ha ocupado cargos directivos en Pinkerton y Stratfor-RANE, además de asesorar a la Presidencia de México. Analista y comentarista en diversos medios nacionales e internacionales, es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Panamericana.
Participación en El Sol de México

Electricidad, vehículo de la integración regional
José María Valenzuela / Durante décadas, para México y gran parte del continente, la integración energética significó hacer que el petróleo y el gas fluyeran más rápido y en mayor volumen. Se construyeron gasoductos, oleoductos y se firmaron tratados pensando en los combustibles fósiles. Pero hoy, el panorama más prometedor –y urgente– para unir a la región tiene un nombre distinto: electricidad. No solo porque América Latina ya es la región con la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino
José María Valenzuela
/ Durante décadas, para México y gran parte del continente, la integración energética significó hacer que el petróleo y el gas fluyeran más rápido y en mayor volumen. Se construyeron gasoductos, oleoductos y se firmaron tratados pensando en los combustibles fósiles. Pero hoy, el panorama más prometedor –y urgente– para unir a la región tiene un nombre distinto: electricidad.
No solo porque América Latina ya es la región con la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino porque la demanda está a punto de dispararse. Según la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), hacia 2050 el continente necesitará tanta electricidad adicional como la que hoy consumen México y Brasil juntos. En Centroamérica, por ejemplo, la demanda se cuadruplicará. Mientras, naciones como Chile y Argentina podrían superar el 90% de generación renovable en solo 25 años.
Detrás de este salto están tres formas de demanda. Primero, la electrificación del transporte: cada auto, autobús y camión que cambia de gasolina a electricidad. Segundo, el auge de los centros de datos, gigantes que consumen energía a escala industrial. Y tercero, la combinación de los motores tradicional: el crecimiento del poder de compra y de la industria manufacturera regional. Más industrias, más fábricas y millones de hogares con mayores ingresos están conectando más aparatos, maquinaria y sistemas, presionando la red como nunca antes.
Esta no es solo una cuestión técnica; es una carrera por la competitividad. En un mundo donde las empresas buscan reducir su huella de carbono y asegurar suministros estables, tener electricidad limpia y abundante es un imán para la inversión. Si no actuamos con visión regional, el aumento desordenado de la demanda –desde los data centers hasta las nuevas fábricas– podría presionar precios y afectar a hogares e industrias.
La región ya tiene experiencias valiosas. Centroamérica lleva la delantera con una red eléctrica troncal que interconecta a casi todos sus países y un mercado que permite equilibrar la oferta y la demanda entre naciones. Este modelo ha demostrado que facilita integrar más energías renovables y responder con agilidad a los picos de consumo. El reto es que proyectos así son costosos y arriesgados, por lo que requieren el compromiso de las grandes economías latinoamericanas y la participación de la banca multilateral.
Pero hay otra oportunidad para la que existen pocos antecedentes –como en materia de vacunas,– de integración comercial inteligente. Hoy, las empresas públicas dominan las redes de transmisión y distribución en gran parte de la región. En países como México, Uruguay u Honduras son totalmente estatales; en Brasil, Colombia o Argentina operan bajo esquemas público-privados. Esto abre una oportunidad concreta: coordinar las compras públicas de equipos y tecnología, con el objetivo de fomentar proveedurí intraregional y el desarrollo de cadenasde valor de mayor valor agregado.
Las oportunidades están más allá de las tecnologías de generación, en las que ha habido muy pocos avances en manufactura (con la excepción de Brasil). Un estudio reciente de la CEPAL señala que, en esta década, la inversión en redes será entre dos y tres veces mayor que la de parques solares y eólicos. La transición energética nos obliga a repensar no solo de dónde viene la electricidad, sino cómo actuar en un momento de disrupción de las expectativas sobre cadenas de proveduría globales, para incrementar la cacidad productiva en América Latina. No se trata solo de tender cables entre fronteras, sino de crear mecanismos de gobernanza, compras coordinadas y cadenas de valor compartidas.
América Latina tiene la generación más limpia, el sol y el viento a favor, y una demanda que crece. Lo que nos falta es conectar ese potencial disperso, aún a pesar de los profundos clivajes políticos en la región.
Participación en El Economista
Davos y el costo de no adaptarse
Andrea Navarro de la Rosa / En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural. Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva. No se trata de una transición g
Andrea Navarro de la Rosa
/ En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural.
Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva.
No se trata de una transición gradual, sino de un cambio profundo que redefine cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo se construye la prosperidad. El costo de no adaptarse será especialmente alto para las economías emergentes, y América Latina se encuentra en una posición particularmente vulnerable.
Desde el propio WEF, el diagnóstico es claro y medible. El Global Risks Report 2025 advierte que 52% de los expertos anticipa un escenario global inestable en los próximos dos años, mientras que 62% proyecta una década turbulenta o tormentosa. A ello se suma un entorno geopolítico frágil, donde los conflictos armados entre Estados y la erosión de la confianza pública asociada a la desinformación y al aumento de brechas socioeconómicas figuran entre los principales riesgos para el crecimiento económico.
En ese contexto, Davos colocó una pregunta crítica en el centro del debate… ¿Estamos formando a las personas que esta nueva economía necesita para sostener productividad, bienestar y cohesión social?
Para las juventudes en América Latina, el desafío se expresa con claridad en tres ejes.
1. Los trabajos del futuro.
De acuerdo con el Future of Jobs Report 2025 del WEF, hacia 2030 se crearán alrededor de 170 millones de empleos, pero también se desplazarán 92 millones. Aunque el saldo parece positivo, tendrá un impacto profundamente desigual. Además, 39% de las habilidades clave requeridas en el mercado laboral cambiará antes de que termine la década. Los sectores asociados a datos, tecnología, transición energética, ciberseguridad, logística avanzada, salud digital y economía verde crecen más rápido que la capacidad de los sistemas educativos para formar talento compatible. Es decir, el problema ya no es solo la falta de empleo, sino la escasez de habilidades adecuadas.
2. Educación que no se adapta: rezago estructural.
En Davos se subrayó que los sistemas educativos tradicionales siguen formando profesionistas para economías que ya no existen. La economía del conocimiento exige formación permanente, pensamiento crítico, ética y comprensión del impacto social de la tecnología. Sin embargo, en América Latina persisten modelos educativos y laborales rígidos, poco compatibles con la innovación, la movilidad y la interdisciplina que demanda la ciencia contemporánea; lo que sin duda limitará la empleabilidad individual y reducirá la capacidad de los países para absorber los grandes choques tecnológicos y demográficos que, incluso, ya están sucediendo en la región.
3. El costo del rezago.
Organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señalan que, en los resultados de la prueba educativa PISA 2022, América Latina y el Caribe se ubicó por debajo de la media global en lectura, matemáticas y ciencias, con una brecha equivalente a cinco años de escolaridad frente a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Mientras que el Banco Mundial advierte que 4 de cada 5 niñas y niños en la región no comprenden un texto sencillo.
Lo anterior evidencia el claro rezago educativo en la región, que tiene un impacto económico directo en la productividad laboral, afectando el crecimiento, la sostenibilidad fiscal y la capacidad de financiar sistemas de salud y protección social desde los gobiernos.
Es indiscutible que la inacción global y regional tendrá un costo económico y social sin precedentes. Pero para América Latina, invertir en educación alineada al futuro del trabajo puede significar la mejor estrategia económica y de salud pública que permita asegurar el bienestar y la calidad de vida de las presentes y futuras generaciones.
Para lograrlo, es urgente tomarse en serio la digitalización, fortalecer la educación superior y el posgrado, impulsar trayectorias híbridas entre ciencia, tecnología y humanidades, y construir alianzas reales entre gobiernos, empresas y academia.
Davos no habló del futuro como una promesa, sino como una advertencia. Para América Latina y el Caribe aún hay esperanza. El reto es si la región tendrá la voluntad política y social para virar a tiempo, evitando que las nuevas generaciones paguen el costo de un sistema que ya no responde a lo que el mundo necesita.
Participación en El Sol de México
La lucha contra el VIH ante la muerte de ONUSIDA
Giorgio Franyuti / En los próximos meses, los países se reunirán en Naciones Unidas para la penúltima Reunión de Alto Nivel sobre VIH antes de concluir con la Agenda 2030. En teoría, estos encuentros sirven para monitorear el avance y renovar compromisos, así como acelerar el camino hacia el fin del SIDA como amenaza de salud pública. Pero esta vez el contexto es distinto. Y es preocupante. Después de más de dos décadas de avances, la respuesta global al VIH atraviesa uno de sus momentos más
Giorgio Franyuti
/ En los próximos meses, los países se reunirán en Naciones Unidas para la penúltima Reunión de Alto Nivel sobre VIH antes de concluir con la Agenda 2030. En teoría, estos encuentros sirven para monitorear el avance y renovar compromisos, así como acelerar el camino hacia el fin del SIDA como amenaza de salud pública. Pero esta vez el contexto es distinto. Y es preocupante.
Después de más de dos décadas de avances, la respuesta global al VIH atraviesa uno de sus momentos más frágiles.
No se trata solo de cifras o metas internacionales. En el terreno, esto se traduce en clínicas que reducen servicios, programas comunitarios que desaparecen y pacientes que ya no tienen la misma certeza de acceso a tratamiento y/o prevención. Para millones de personas, la continuidad de la atención no es un tema político: es la diferencia entre vivir o morir.
Una gran parte del problema es financiero. Programas que han sido pilares de la respuesta global como PEPFAR (Plan de Emergencia del Presidente para hacer frente al SIDA por sus siglas en inglés), USAID, Fondo Mundial y otros mecanismos de cooperación internacional hoy enfrentan incertidumbre, recortes, reorientaciones o cierre total. Muchos países medianos y bajos ingresos dependen de estos fondos para sostener tratamiento antirretroviral, pruebas, prevención y acompañamiento comunitario. Cuando ese financiamiento tiembla, todo el sistema se vuelve vulnerable.
Al mismo tiempo, en el marco de la iniciativa UN80, están sobre la mesa propuestas que podrían transformar drásticamente el rol de ONUSIDA. En la práctica, esto ya se traduce en grandes reducciones de personal y de presencia en terreno, y existe la posibilidad de que su mandato actual, como programa especializado en la respuesta al VIH, se integre en otras oficinas de la ONU como la OMS y deje de existir como entidad autónoma hacia 2027.
Esto no es un ajuste administrativo menor: ONUSIDA ha sido la pieza central para coordinar la respuesta global al VIH, recolectar datos, exigir rendición de cuentas y mantener la visibilidad y voluntad política en la lucha contra el VIH/SIDA. Su desmantelamiento o absorción en estructuras más amplias corre el riesgo real de que las necesidades específicas de quienes viven con VIH sobre todo en regiones con epidemias dinámicas y desigualdades profundas se diluyan entre una agenda más amplia y competida, así mismo, ONUSIDA siempre ha puesto a las comunidades al frente de la respuesta contra el VIH, mientras que los mecanismos de participación activa de la sociedad civil organizada como la OMS son ampliamente burocráticos, restrictivos, sistemáticamente limitativos y obstaculizan la participación equitativa de las minorías y países de bajos ingresos dificultando que las voces de las personas viviendo con VIH se escuchen, se tomen en cuenta y sirvan para coaccionar soluciones intersectoriales.
Desde Medical Impact trabajamos en contextos de marginación y difícil acceso. Ahí es donde estas decisiones globales se sienten primero. Las poblaciones más afectadas: mujeres, jóvenes, comunidades clave son también las que menos margen tienen para absorber retrocesos. Cuando falla la prevención, aumenta la transmisión. Cuando se interrumpe el tratamiento, crece la mortalidad. Cuando se reduce el trabajo comunitario, la gente simplemente deja de llegar a los servicios.
La próxima reunión de alto nivel debería ser un último llamado de alerta, no una ceremonia diplomática más. El mundo aún puede controlar la epidemia, pero eso exige compromiso político real y financiamiento sostenido.
Retroceder ahora no sería solo un error estratégico. Sería una decisión con consecuencias y costo que se paga con vidas humanas.
Porque el VIH no desaparece cuando deja de ser prioridad. Solo se vuelve más silencioso y desigual.
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El Corolario Trump: seguridad hemisférica y migración de retorno en América Latina
Paola Suárez / Apenas en noviembre de 2025 se publicó el documento National Security Strategy of the United States of America, acompañado de un prólogo del actual presidente de los Estados Unidos. En él, en pocas palabras, se expone el significado del llamado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Este corolario refuerza la intención de acentuar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental y de protegerlo frente a los intereses de otros actores y países. De esta estrategia se despre
Paola Suárez
/ Apenas en noviembre de 2025 se publicó el documento National Security Strategy of the United States of America, acompañado de un prólogo del actual presidente de los Estados Unidos. En él, en pocas palabras, se expone el significado del llamado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Este corolario refuerza la intención de acentuar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental y de protegerlo frente a los intereses de otros actores y países.
De esta estrategia se desprenden dos líneas de acción: enlistar y expandir (Enlist and Expand). La primera coincide con un conjunto de medidas orientadas al control migratorio, que buscan recuperar las mejores prácticas y fortalecer alianzas clave, tanto para frenar la migración y el flujo de drogas ilícitas en toda América e inclusive más allá de sus fronteras, así como fortalecer la manufactura local y desarrollar las economías privadas locales, entre otras cosas.
La segunda acción es una estrategia de política exterior de Estados Unidos centrada en recuperar y consolidar su preeminencia en el Hemisferio Occidental. El enfoque principal es desplazar la influencia de potencias extranjeras (competidores no hemisféricos) mediante una combinación de presión económica, alianzas estratégicas y el fortalecimiento de la presencia comercial estadounidense.
Estas dos líneas de acción coinciden plenamente con las medidas aplicadas para la gestión fronteriza y migratoria durante el primer año de la administración de Donald Trump, iniciada el 20 de enero de 2025. Bajo el liderazgo de Marco Rubio como secretario de Estado, Estados Unidos ha impulsado una nueva forma de relacionarse con países no alineados al bloque occidental, como Cuba y Venezuela.
Esta reconfiguración diplomática se ha traducido en acciones concretas, entre ellas la devolución de migrantes y solicitantes de asilo provenientes de dichos países, así como la cancelación de permisos humanitarios para cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos. Estas medidas han implicado que terceros países cedan ante la presión estadounidense para aceptar deportaciones sin un proceso judicial previo, como ocurrió con los 252 venezolanos trasladados a El Salvador, donde fueron sometidos a procedimientos injustos en una cárcel de alta seguridad.
Con el inicio del segundo mandato de Donald Trump en enero de 2025, la deportación en cadena se convirtió en una estrategia central de control fronterizo. A través de decretos presidenciales, se establecieron mecanismos de devolución a países de origen o a terceros Estados como México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá. Esta configuración ha generado un flujo migratorio inverso que no solo tensa los lazos diplomáticos en el hemisferio, sino que desprotege a los solicitantes de asilo. La celeridad e imposición de estos acuerdos ponen en tela de juicio el principio de retorno seguro y ordenado, creando un entorno propicio para la impunidad y el maltrato sistemático de la población migrante.
El impacto en la vida de las personas migrantes sometidas a deportaciones no regularizadas —particularmente a través de redadas masivas— ha generado un creciente descontento hacia el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Esta agencia, fundada en 2001, ha sido objeto de un número cada vez mayor de protestas, a partir de enero de 2026, debido a actos violentos contra personas migrantes y contra quienes defienden sus derechos.
La deportación no regularizada en este contexto implica un riesgo aún mayor para las personas que se beneficiaron del programa Parole —particularmente cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos—, así como para quienes carecen de estatus legal o han sido señalados por alguna falta relacionada con la seguridad nacional de Estados Unidos. Estas deportaciones inmediatas eliminan la posibilidad de un debido proceso antes de la remoción y exponen a las personas a riesgos graves para su vida y seguridad al ser enviadas de vuelta a países de los que huyeron debido a la violencia o a la pobreza.
Participación en El Economista

Inmigración en España y equilibrio demográfico
Karen Berenice González López / El rápido envejecimiento poblacional en España es una realidad que necesita respuestas y enfoques multidisciplinares para su correcto tratamiento. Hacerle frente implica repensar la organización actual del Estado debido a que cada vez hay más registros de muertes que de nacimientos. Por lo tanto, vale la pena analizar a la inmigración como un aspecto que puede ayudar en el sostenimiento del Estado de bienestar español. La inmigración se ha presentado como un
Karen Berenice González López
/ El rápido envejecimiento poblacional en España es una realidad que necesita respuestas y enfoques multidisciplinares para su correcto tratamiento. Hacerle frente implica repensar la organización actual del Estado debido a que cada vez hay más registros de muertes que de nacimientos.
Por lo tanto, vale la pena analizar a la inmigración como un aspecto que puede ayudar en el sostenimiento del Estado de bienestar español.
La inmigración se ha presentado como un elemento fundamental para darle fuerza a las áreas que están mayoritariamente envejecidas y para reducir la tensión provocada por la poca de mano de obra joven y por el preocupante desequilibrio demográfico que está presente alrededor de todo el territorio español. De acuerdo con el Banco de España, el aporte de la población extranjera que vive en España se evidencia sobre todo en sectores como la construcción, la hostelería y los servicios domésticos.
Lo expuesto anteriormente demuestra el importante rol que tiene la inmigración para servir como motor para el mantenimiento de la economía del país. De hecho, según el centro de análisis Funcas, desde 2022 y hasta finales de 2024 la población extranjera viviendo en España cubrió el 40% de los trabajos disponibles, lo cual tuvo resultados favorables para el crecimiento del sector económico español. Por lo tanto, con los hechos abordados es posible entender a la inmigración como un elemento que tiene la capacidad de adaptarse a los drásticos cambios demográficos que ha atravesado España en los últimos años y, al mismo tiempo, generar respuestas ante las necesidades del país.
En este sentido, la llegada de extranjeros a España puede generar efectos positivos para áreas prioritarias a nivel nacional. Sin embargo, es importante mencionar que dichos beneficios pueden volverse más viables al estar acompañados de iniciativas que busquen el bienestar de todos los inmigrantes sin importar su país de procedencia ni estatus económico. Según datos arrojados por El Observatorio Social, los extranjeros que viven en España son un sector poblacional que atraviesa múltiples dificultades financieras y se enfrenta a diferentes tipos de brechas, como la laboral. Por esta razón, es necesario que se sumen esfuerzos para que su integración y protección pueda darse de manera exitosa.
En definitiva, la elevada esperanza de vida y las bajas tasas de natalidad en España son factores que afectan el mantenimiento del Estado de bienestar del país a largo plazo. No obstante, crear una agenda con prioridades bien definidas y planes de inclusión para los inmigrantes puede ayudar significativamente a equilibrar las implicaciones causadas por el creciente número de personas de la tercera edad en España.
Al considerar que en el territorio español hay una elevada cantidad de inmigrantes, resulta importante que se analice el papel de dicho sector poblacional como una vía de acción viable para hacerle frente a los desequilibrios provocados por el envejecimiento poblacional. Lograr este objetivo no podrá darse de forma inmediata, pero, para intentar contrarrestar sus efectos actuales, puede ser conveniente que el gobierno de España empiece por abordar las causas estructurales que han provocado que la natalidad haya tenido una caída drástica.
Por último, vale la pena reconocer que el potencial positivo de la inmigración no está libre de problemáticas sociales. Al considerar que la integración de los no nacionales es un aspecto que genera desafíos, es posible plantear que las dinámicas de convivencia en el país se ven afectadas. Por eso, al contemplar a la inmigración como un factor clave para el dinamismo en la economía española, no se debe ignorar la necesidad de promover procesos de cohesión que puedan mantenerse con el paso del tiempo.
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La fiebre por el Ártico y el orden internacional emergente
Rubén Beltrán y Alejandra López de Alba / El Ártico dejó de ser una periferia silenciosa. Hoy es el espacio donde confluyen el deterioro climático, la ambición estratégica y una disputa política que amenaza con profundizar el quiebre trasatlántico. El 22 de marzo de 2025, el hielo marino alcanzó el máximo anual más bajo desde que hay registros satelitales: 14.33 millones de kilómetros cuadrados, muy por debajo del promedio histórico. La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA)
Rubén Beltrán y Alejandra López de Alba
/ El Ártico dejó de ser una periferia silenciosa. Hoy es el espacio donde confluyen el deterioro climático, la ambición estratégica y una disputa política que amenaza con profundizar el quiebre trasatlántico. El 22 de marzo de 2025, el hielo marino alcanzó el máximo anual más bajo desde que hay registros satelitales: 14.33 millones de kilómetros cuadrados, muy por debajo del promedio histórico. La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) lo resumió sin eufemismos: el techo helado del hemisferio norte está dejando de cumplir su función de estabilizador climático. En 2023, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advirtió que el calentamiento en el Ártico es más acelerado que en cualquier otra región, amplificando riesgos ambientales, económicos y políticos.
Ese deterioro físico abre oportunidades —y tentaciones—. Con menos hielo, se extienden las temporadas de navegación y se acortan distancias entre Asia y Europa. Pero la eficiencia logística convive con una vulnerabilidad mayor: infraestructuras escasas, ecosistemas frágiles y una gobernanza incapaz de contener rivalidades crecientes. El Ártico no solo se derrite; se vuelve disputable.
Soberanía y rutas marítimas
En ese contexto debe leerse el renovado interés de Donald Trump por Groenlandia. Lo que en otro momento pareció una excentricidad, hoy aparece como una pieza coherente —y profundamente inquietante— de una ambición geoestratégica mayor. De lo que se ha filtrado de las conversaciones entre Estados Unidos y Europa no se desprende que Washington busque, al menos de manera inmediata, más bases militares, acceso privilegiado a minerales específicos o la instalación de armas estratégicas en la isla. El núcleo del diferendo es otro: la soberanía.
Groenlandia no es relevante solo por lo que tiene, sino por dónde está. Para Estados Unidos, adquirir soberanía sobre la isla significaría alterar de manera sustantiva el mapa de colindancias en el Ártico. Hoy, la huella estadounidense en la región deriva casi exclusivamente de Alaska. Esa posición es relevante, pero limitada frente a las amplias proyecciones de Rusia, que cuenta con la mayor línea costera ártica y con reclamaciones consolidadas sobre extensas áreas del océano Ártico. La soberanía sobre Groenlandia permitiría a Washington proyectarse directamente hacia el corazón del Ártico, equilibrando —y disputando— esa ventaja rusa.
No es un detalle menor. En el derecho del mar, la posesión de territorios árticos amplía zonas económicas exclusivas, plataformas continentales y, con ello, derechos potenciales sobre recursos y rutas. Cambiar la soberanía de Groenlandia alteraría ese equilibrio sin necesidad de disparar un solo tiro. De ahí la gravedad del planteamiento.
A esto se suma la dimensión marítima. El deshielo hace cada vez más plausible la navegación regular por rutas árticas. Los pasos al este de Groenlandia —vinculados al Atlántico Norte y a los accesos entre Norteamérica y Europa— adquieren una relevancia estratégica creciente. No se trata solo de comercio: controlar, influir o condicionar esos corredores implica capacidad de presión económica y militar. En un mundo de cadenas de suministro tensionadas, los canales de navegación se vuelven instrumentos de poder.
Visto así, la pregunta sobre Groenlandia tiene una respuesta incómoda, pero clara. No son solo los minerales, ni las bases, ni siquiera el corto plazo; es el Ártico. Es la posibilidad de redefinir colindancias, de disputar la primacía rusa y de sentar un precedente sobre cómo se reconfiguran espacios estratégicos en el siglo XXI. “Es el Ártico, estúpido”, podría responder Trump si contestara con franqueza.
Riesgo de contagio normativo
El problema es el costo político de esa ambición. El diferendo golpea directamente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La alianza pierde cohesión cuando uno de sus miembros plantea, siquiera retóricamente, la modificación de la soberanía de un territorio ligado a otro aliado. Ganan, en cambio, las ambiciones extraterritoriales que alimentan narrativas similares en Beijing y Moscú. Rusia observa; China, sin colindancia directa con el Ártico, busca afanosamente una reivindicación que le permita reafirmarse como actor “casi ártico”. El silencio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no ayuda. Europa recibe, una vez más, un incentivo para cerrar filas, mientras la posibilidad de una guerra arancelaria aparece menos como causa y más como síntoma de un divorcio profundo.
Las consecuencias se proyectan más allá del Ártico. Pierde Ucrania, cuya causa se debilita cuando la soberanía se relativiza. Pierde Taiwán, porque el unilateralismo refuerza la lógica de los hechos consumados. Y pierde el orden multilateral, justo cuando más necesitaría reglas claras.
En este escenario, el Ártico se perfila como uno de los principales vectores del conflicto mundial que viene: no necesariamente una guerra abierta, pero sí una disputa sostenida por colindancias, rutas de navegación y legitimidad. A diferencia de otros teatros, aquí confluyen disuasión nuclear, fragilidad ambiental y rivalidad entre grandes potencias.
En el contexto de la moralidad occidental, la acción estadounidense en Venezuela recuerda, en el marco del multilateralismo y el Derecho Internacional, que ese tipo de acción deja a todos los países menos seguros porque erosiona la regla básica que evita que el planeta se convierta en la jungla anárquica de potencias que hace las pesadillas de los realistas más duros. Además, la captura de Nicolás Maduro y los ataques emprendidos para lograrla debilitan el Derecho Internacional —que costó décadas construir y ha estado bajo asedio en el último lustro—, precisamente por el riesgo de contagio normativo: lo que se tolera una vez se vuelve argumento para repetirse (nuevamente, habría que revisar la acumulación de efectos de los conflictos entre Rusia y Ucrania, y entre Israel y Palestina).
La discusión sobre Groenlandia no es un episodio aislado; es una señal. Y como toda señal temprana, merece ser leída con cuidado.
Si ese contagio llegara al Ártico, el daño sería doble: tocaría soberanía y, además, elevaría el riesgo nuclear. Porque el Ártico no es solo comercio y minería: es también un teatro de disuasión. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI) advirtió, en 2025, que una nueva carrera de armamentos nucleares se perfila mientras los regímenes de control se debilitan, y casi todos los Estados con armas nucleares modernizan sus arsenales. Y el propio Departamento de Defensa de Estados Unidos reconoce que el Ártico vive “cambios geofísicos y geopolíticos” rápidos que obligan a mejorar capacidades, presencia y cooperación con aliados. A esto se suma el acercamiento ruso-chino en la región, que el Pentágono señala como motivo de preocupación estratégica, en parte por infraestructura, energía y rutas marítimas (Reuters, 2024).
El problema es que la gobernanza ártica llega tarde. A diferencia del Antártico, donde el tratado congeló disputas y organizó la investigación científica, el Ártico combina jurisdicciones, intereses comerciales y competencia militar con una arquitectura más frágil. El Consejo Ártico —foro clave de cooperación— ha intentado recomponer rutinas de trabajo técnico tras las tensiones derivadas de la guerra en Ucrania, pero su reactivación gradual deja claro lo delicado del momento. Y, aun así, la región no está condenada al choque: el Acuerdo para Prevenir la Pesca No Reglamentada en Alta Mar en el Océano Ártico Central entró en vigor en 2021, como ejemplo de precaución multilateral antes de que llegue la depredación. Es una pista importante: cuando el mundo se lo propone, puede acordar “límites” antes de que el mercado o la rivalidad los impongan por la fuerza.
Una oportunidad para la política exterior mexicana
Ahí es donde México tiene una oportunidad que no depende de tener costa en el Ártico, para proponer una Zona Libre de Armas Nucleares en el Ártico (ZLANA). México es un actor con credenciales normativas en desarme y construcción de paz. El Tratado de Tlatelolco —primer acuerdo que estableció una zona libre de armas nucleares en una región densamente poblada— sigue siendo referencia mundial. La idea no es extravagante: es un instrumento previsto por la arquitectura internacional, que ayudaría a la seguridad internacional y fortalecería el papel de México como actor mundial proactivo y responsable.
La propuesta, en una primera fase, no necesita obsesionarse con la cartografía ni con una negociación imposible de la noche a la mañana. Lo que sí necesita es ambición moral con realismo estratégico: México podría impulsar una conversación formal —en la ONU y con Estados árticos— para explorar esta ZLANA. No para “desmilitarizar” el Norte, sino para reducir el terrible riesgo de que un incidente, una crisis de soberanía o una política de hechos consumados escale hacia el umbral nuclear en un ecosistema que es, simultáneamente ambientalmente frágil y estratégicamente deseado. En términos de diseño, el precedente de las zonas libres ofrece herramientas conocidas: compromisos regionales, protocolos para que los Estados con armas nucleares se obliguen a no amenazar ni usar armas nucleares contra la zona, y mecanismos de verificación. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), además, mantiene guías y experiencia sobre verificación y salvaguardias vinculadas a tratados de zonas libres, lo que daría credibilidad técnica a cualquier esquema.
¿Para qué serviría, en la práctica política, una iniciativa así? Primero, para reinstalar una línea roja clara en un entorno donde las líneas se borran. Si el mensaje geopolítico de Venezuela fue “el fuerte puede actuar”, el mensaje ártico debería ser el inverso: “hay ámbitos donde nadie puede jugar con fuego”. Segundo, para proteger el espacio de cooperación científica y ambiental que aún sobrevive. Las organizaciones indígenas, con estatus de participantes permanentes en el Consejo Ártico, han insistido en que el valor del foro es precisamente permitir cooperación pacífica e incorporar conocimiento indígena en decisiones. Tercero, para darle al multilateralismo una victoria concreta en tiempos de fatiga diplomática: una norma de contención nuclear es el tipo de logro que ordena incentivos incluso cuando las potencias desconfían entre sí.
La objeción típica es inmediata: “las potencias nucleares nunca aceptarán”. Pero la historia de las zonas libres enseña que el camino suele empezar por lo que parece improbable y avanza por capas. La clave es presentar el proyecto como una inversión de seguridad compartida, no como una derrota para nadie. De hecho, varias potencias ya conviven con zonas libres en otros continentes y han firmado protocolos de respeto. Y, en el Ártico, la contención nuclear puede alinearse con intereses que no son ideológicos: evitar accidentes, bajar costos de crisis, proteger infraestructura estratégica y sostener estabilidad en rutas y mercados que todos desean utilizar.
También hay un argumento de política exterior mexicana: el Ártico no es una agenda ajena a Norteamérica. La creciente centralidad del Norte en la defensa continental muestra que la seguridad regional se está reconfigurando; Canadá, por ejemplo, formalizó planes de inversión a 20 años por 38 600 millones de dólares canadienses para modernizar capacidades vinculadas al entorno polar. Y la promesa de las rutas árticas también tendrá un valor elevado para Norteamérica como región. México, firme en su prioridad norteamericana, gana si su vecindad estratégica se vuelve más predecible y menos propensa a crisis. Si el deshielo reconfigura rutas y competencia, México tiene incentivos para que ese reordenamiento ocurra con reglas, no con ultimatos.
Compuertas abiertas
La discusión sobre Groenlandia y la intervención en Venezuela dejan una advertencia: cuando se relativiza la soberanía, se abren compuertas. El Ártico es demasiado importante para dejarlo a esa deriva. México puede ofrecer algo escaso: una diplomacia capaz de hablar con el Norte sin perder legitimidad en el Sur, y capaz de poner sobre la mesa una idea de seguridad humana que no compite con la defensa legítima, sino con la escalada irracional. Proponer un Ártico libre de armas nucleares no resolverá por sí solo la rivalidad internacional, pero sí puede recortar el espacio donde un error se vuelve catástrofe. En un mundo que se calienta, reducir la probabilidad del peor incendio es una política exterior sensata.
México no es un espectador irrelevante. Como actor con tradición en desarme y construcción normativa, puede jugar una carta que otros no tienen. Y el llamado Sur global también tiene incentivos para hacerlo: el debilitamiento del Derecho Internacional rara vez se queda en el Norte. Cuando las reglas se erosionan arriba, el costo se paga abajo.
La discusión sobre Groenlandia no es un episodio aislado; es una señal. Y como toda señal temprana, merece ser leída con cuidado. El Ártico ya no es solo un termómetro del clima; es un barómetro del orden internacional. Ignorarlo sería un error estratégico. Disputarlo sin reglas, una irresponsabilidad histórica.
Participación en Foreign Affairs

¿En la recta final del Acuerdo Global modernizado México-Unión Europea?
José Joel Peña Llanes / Después de una década de negociaciones y de acuerdo con declaraciones oficiales, México y la Unión Europea (UE) están listos para firmar el Acuerdo Global modernizado, un instrumento jurídico que promete, entre otras cosas, transformar las relaciones comerciales entre ambos actores que ya tienen una trayectoria de intercambios importante. El acuerdo llega en un momento propicio porque, mientras el mundo se enfrenta a guerras comerciales y el proteccionismo gana terreno,
José Joel Peña Llanes
/ Después de una década de negociaciones y de acuerdo con declaraciones oficiales, México y la Unión Europea (UE) están listos para firmar el Acuerdo Global modernizado, un instrumento jurídico que promete, entre otras cosas, transformar las relaciones comerciales entre ambos actores que ya tienen una trayectoria de intercambios importante.
El acuerdo llega en un momento propicio porque, mientras el mundo se enfrenta a guerras comerciales y el proteccionismo gana terreno, ambos actores apuestan por diversificar, aunque sea ligeramente, sus mercados y fortalecer sus relaciones económicas más allá de sus socios tradicionales. ¿Qué gana México? Primero, se extiende la liberalización a casi todos los productos agropecuarios que ahora entrarán al mercado europeo. Segundo, las empresas europeas tendrán acceso a las licitaciones públicas mexicanas, lo que podría incentivar la inversión. Tercero, los productos agrícolas emblemáticos recibirán protección reforzada contra la imitación. Cuarto, las PyMEs mexicanas contarán con procedimientos simplificados para exportar a la UE. Finalmente, la UE garantizará el acceso justo a materias primas críticas.
Sin embargo, el Acuerdo enfrenta retos significativos. La UE insiste en estándares ambientales rigurosos que generan fricción, como sucede con el Mercosur. La política energética de México prioriza la energía estatal sobre las renovables y esto preocupa a Bruselas. Además, el gobierno mexicano deberá adaptar muchas regulaciones para alinearse con las normas europeas, lo que requiere capacidades institucionales aún en desarrollo. Las PyMEs necesitarán apoyo financiero y técnico para cumplir con los estándares que demanda el mercado europeo.
El panorama se complica por el contexto geopolítico. Los Estados Unidos impusieron aranceles a productos mexicanos, creando incertidumbre comercial. Aunque esto podría favorecer el acuerdo con la UE como vía de escape, también significa que México debe mantener buenas relaciones con EU mientras abre o refuerza nuevos mercados. Del lado mexicano, tiene sentido la diversificación, pero desde la perspectiva de ciertos sectores internos, el Acuerdo podría implicar la competencia con productores europeos más consolidados.
En la UE el proceso es más complicado. Aunque la parte comercial del Acuerdo sólo necesita la aprobación del Consejo y el Parlamento Europeo para entrar en vigor, la dimensión política y de cooperación requiere además unanimidad de los 27 parlamentos nacionales y de algunos parlamentos locales. Esto abre la puerta a vetos inesperados, especialmente de países escépticos sobre ciertos temas sensibles.
Pero ¿este acuerdo es bueno para México? La respuesta es matizada. Lo es para grandes empresas exportadoras y para la diversificación económica en un contexto de incertidumbre global. Pero también exige que México asuma compromisos serios y fortalezca sus instituciones para obtener beneficios tangibles. No es un regalo de la UE a México ni viceversa; es una apuesta mutua.
Se trata de una estrategia ganar-ganar, pero sólo si se implementa con seriedad y un compromiso político genuino más allá de la coyuntura.
Participación en El Heraldo de México

Renovada competencia geopolítica en el Cáucaso
Rodrigo Labardini / El Cáucaso inicia 2026 con transita de un “conflicto congelado” a una competencia geopolítica con un corredor comercial transcontinental. La influencia regional se desplaza de Moscú a Washington y Ankara. La estabilidad de Georgia y las elecciones armenias de junio presentan riesgos significativos. Resultado de la reunión en Washington de agosto de 2025, la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP) —buscando renacer al “Corredor Medio”— marginó a Rusia
Rodrigo Labardini
/ El Cáucaso inicia 2026 con transita de un “conflicto congelado” a una competencia geopolítica con un corredor comercial transcontinental. La influencia regional se desplaza de Moscú a Washington y Ankara. La estabilidad de Georgia y las elecciones armenias de junio presentan riesgos significativos.
Resultado de la reunión en Washington de agosto de 2025, la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP) —buscando renacer al “Corredor Medio”— marginó a Rusia y provocó indignación iraní. Presencia de la UE por 99 años en TRIPP, que con medianía pretende impulsar el comercio Este-Oeste, corre el riesgo de acción militar de Irán y sabotaje híbrido por Rusia.
Importante riesgo político son las elecciones armenias en junio. Serán prueba crítica para el primer ministro Pashinyan, cuya “Cuarta República” y sus compromisos post- Segunda Guerra de Karabakh con Azerbaiyán (eliminar referencias constitucionales al territorio azerbaiyano de Nagorno-Karabakh) han generado amplia oposición, incluyendo a la iglesia armenia y facciones nacionalistas, que califican las concesiones como traición a la identidad nacional. Toda irregularidad electoral e imposibilidad de un referéndum constitucional podría colapsar el proceso de paz y reanudar escaramuzas fronterizas. Pese al giro pro-occidental de Armenia , depende de energía rusa y la ruta comercial del Alto Lars. Moscú ha mostrado disposición a cierres fronterizos y aumentos del precio de energía como apariciones de influencia política. Rusia podría utilizarlos para influir en el electorado armenio o penalizar a Azerbaiyán por acercarse a Washington.
Georgia está sumida en crisis política tras las elecciones de 2024 y el aplazamiento de su adhesión a la UE hasta 2028. El partido “Sueño Georgiano” consolida poder, rompiendo con Bruselas. Para enero de 2026, EUA y el Reino Unido sancionaron a más de 200 funcionarios georgianos. El giro del gobierno hacia una “modernización autoritaria”—financiada progresivamente con capital chino para eludir las sanciones occidentales —ha generado un profundo cisma social, con manifestaciones al estilo Maidán en Tbilisi— peligro persistente para la estabilidad. Un “estado de protesta congelado” en Tbilisi podría derivar en enfrentamientos violentos.
Azerbaiyán requiere equilibrar su alianza estratégica con Washington con la necesidad de gestionar el descontento de Moscú. El derribo en 2024 de un avión azerbaiyano por sistemas rusos sigue siendo fuente de tensión.
La posición militar de Irán en el río Aras es de grave preocupación. Realizó ejercicios a gran escala en frontera con Armenia en 2025 con el objetivo explícito de disuadir al “eje turco” (Turquía y Azerbaiyán). La seguridad de la infraestructura energética es prioridad regional. Los oleoductos Bakú-Tbilisi-Ceyhan (BTC) y del Cáucaso Sur (SCP) son vulnerables a sabotaje y ataques asimétricos. En clima de alta tensión geopolítica, estas arterias energéticas son objetivos para cualquiera que busque ejercer presión económica sobre Europa y Turquía.
El presunto deterioro de la salud (necrosis pancreática) del líder checheno Ramzan Kadyrov a principios de 2026 representa la mayor amenaza para la seguridad en el sur de Rusia. Un vacío de poder en Grozni —sin aparente delfín— sumado a operaciones de inteligencia ucranianas y propaganda yihadista, amenaza con desestabilizar el desarrollo socioeconómico del Cáucaso. Abjasia y Osetia del Sur continúan anómalas, pero críticas. Una base rusa en la costa de Abjasia en 2025 incrementó la presencia naval rusa en el Mar Negro.
La arquitectura de seguridad liderada por Rusia fenecido en el Cáucaso. La disolución oficial del Grupo de Minsk de la OSCE en 2025 y la suspensión de la membresía de Armenia en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) provocaron vacíos que EUA aborda. TRIPP y la “paz armada” entre Bakú y Ereván —con riesgos de escaramuzas por “corrección fronteriza”—pusieron fin a décadas de mediación rusa.
La incursión estadounidense enfrenta a la oposición rusa, pero igual de Irán y Turquía, quienes pese a su rivalidad son recelosos. Irán percibe a TRIPP como “tijera geopolítica” de 43 kilómetros diseñada para cortar sus rutas comerciales hacia Europa y Rusia. La actual inestabilidad interna en Teherán (con estimaciones de decenas de millas de muertos en días recientes) agravada por su conflicto con Israel en 2025 le vuelve propenso a escaladas en “zonas grises” en el Cáucaso.
El “ Corredor Medio ” (Ruta de Transporte Internacional Transcaspiana)—que evita a Rusia e Irán —es el principal escenario de competencia geopolítica.
En 2026 la infraestructura para la paz (ferrocarriles, oleoductos, cables de fibra óptica) se unirá a la región o fungirá como nueva fricción entre potencias.
Participación en El Sol de México

La policrisis y el fin de la certidumbre
Alejandra López de Alba Gómez / “La historia no se detiene por nadie.” La frase suena a consuelo, pero hoy funciona más como advertencia: estamos dejando atrás una época diseñada —política, económica e institucionalmente— para domesticar la incertidumbre. En el último cuarto de siglo, las sociedades y los Estados apostaron por un “orden basado en reglas” que prometía previsibilidad; no paz absoluta, porque la paz mundial siempre fue elusiva, pero sí una gramática compartida que redujera el marg
Alejandra López de Alba Gómez
/ “La historia no se detiene por nadie.” La frase suena a consuelo, pero hoy funciona más como advertencia: estamos dejando atrás una época diseñada —política, económica e institucionalmente— para domesticar la incertidumbre. En el último cuarto de siglo, las sociedades y los Estados apostaron por un “orden basado en reglas” que prometía previsibilidad; no paz absoluta, porque la paz mundial siempre fue elusiva, pero sí una gramática compartida que redujera el margen de sorpresa. Ese andamiaje se está desgastando. Y el desgaste no se expresa solo como crisis coyunturales —una guerra aquí, una intervención allá—, sino como una policrisis estructural: una reconfiguración profunda de las bases históricas sobre las que se construyó el mundo que dábamos por sentado.
La palabra “policrisis” se usa a menudo como sinónimo elegante de caos. Es un error. La policrisis no son muchos problemas acumulados; es la coexistencia de transformaciones que se retroalimentan y que, juntas, cambian el sistema completo. Por eso el vértigo contemporáneo no viene solo de “lo que pasa”, sino de la sensación de que ya no sabemos “cómo funciona” el mundo. Ese desajuste entre expectativas y oportunidades —una de las versiones de lo que la teoría social ha llamado privación relativa— es el combustible emocional de nuestro tiempo: el sentimiento de que “el sistema nos quedó a deber”, que las promesas de ascenso, seguridad y dignidad fueron aplazadas indefinidamente para mayorías cada vez más impacientes.
Cuatro tiempos a la vez
Parte del desconcierto proviene de que vivimos en cuatro bandas temporales simultáneas: 1) en la larga duración se mueven estructuras civilizatorias, como formas de producción, organización social, tecnologías generales, incluso ideas de autoridad y legitimidad; 2) en la mediana duración ocurre el relevo de hegemonías, como potencias que ceden capacidad de ordenar y otras que ganan margen para disputar; 3) en la corta duración operan los ciclos políticos, económicos y tecnológicos que se notan en elecciones, recesiones, auges de inversión o estallidos sociales, y 4) la inmediatez —producto histórico del avance tecnológico y de la ubicuidad mediática— comprime la experiencia, es decir, todo sucede “en vivo”, todo parece definitivo, todo exige reacción inmediata, aunque sus causas sean lentas y sus consecuencias aún más lentas.
La confusión aparece cuando intentamos explicar procesos de larga duración con lenguaje de coyuntura o cuando confundimos la espuma de la inmediatez con el oleaje profundo. Un enfrentamiento fronterizo o incluso una pandemia pueden ser eventos enormes, pero su relevancia histórica se mide con otra vara: si aceleran o revelan cambios estructurales que ya venían en marcha.
Ese es el marco para entender el periodo que va del fin de la Guerra Fría hasta hoy: una secuencia de golpes que no solo dañaron piezas del sistema, sino que erosionaron la fe en el sistema mismo. Tras la caída del muro de Berlín, con la disolución de la Unión Soviética y el ocaso del orden traído por la certeza de una tensión permanente y conocida, una serie de conflictos sacudieron al mundo que celebraba “el final de la historia”. De entre ellos destaca la guerra del Golfo, no solo porque fue la primera guerra del mundo posterior a la Guerra Fría, sino porque fue el laboratorio donde se volvió visible una nueva forma de hacer guerra: la de la información, la de las narrativas, la de las mentes. La imagen de periodistas embebidos en unidades operativas, transmitiendo en tiempo real, no fue solo un recurso mediático: fue una señal estratégica. A partir de ahí, todas las potencias —o quienes aspiraban a serlo— comenzaron a comprender una nueva dimensión de batalla: la esfera cognitiva, donde la percepción antecede a la decisión, y la decisión antecede a la acción.
El 11-S fracturó la sensación de invulnerabilidad de la superpotencia y dio paso a la “guerra contra el terrorismo”, una era de securitización mundial, expansión de aparatos de vigilancia y guerras prolongadas con resultados estratégicamente ambiguos. La invasión rusa a Georgia en 2008 —frecuentemente tratada como un episodio regional— fue en realidad otro aviso temprano: mostró que la fuerza podía reabrir fronteras políticas en el espacio postsoviético y anticipó el tipo de revisionismo que más tarde veríamos con mayor escala. La crisis financiera de 2008 no fue solo un colapso de mercados: fue un colapso de credibilidad. La narrativa de eficiencia y mérito que acompañó al capitalismo globalizado se vio contradicha por rescates, precarización y desigualdad. Después vinieron los síntomas sociales: Occupy Wall Street y su 99% vs. 1%; los chalecos amarillos en Francia; oleadas contra el poder establecido de distinta ideología; el ascenso de retóricas de agravio y pertenencia —MAGA (“Make America Great Again”), pero también Black Lives Matter— que, aunque divergentes, comparten un diagnóstico emocional: “esto no funciona para mí”.
En este punto suele decirse que “la democracia está muriendo”. La frase captura ansiedad, pero oscurece el fenómeno. Lo que vemos es más estructural: un desplazamiento en la forma en que las sociedades producen legitimidad, autoridad y obediencia. La democracia liberal —como combinación de representación, partidos, prensa, pesos y contrapesos, y un horizonte de progreso material— floreció y se amplió mientras funcionó relativamente bien, mientras pudo prometer movilidad social, construir clases medias y sostener un consenso mínimo sobre lo “normal”. Cuando el rendimiento de ese arreglo se estanca, la democracia no desaparece de inmediato; cambia de textura. Además, pierde capacidad de articular futuro y se vuelve, cada vez más, un procedimiento para administrar agravios presentes.
Ese cambio de textura es clave para entender por qué la erosión democrática no debe leerse como obituario, sino como síntoma de reacomodo de época. En transiciones históricas, las instituciones y formas no “mueren” porque sí: dejan de encajar con el tipo de sociedad, economía y ecología informativa que las rodea. Hoy, la economía precariza, la desigualdad se normaliza, la movilidad social se encoge y la identidad compite con el interés material como eje de la política. En ese entorno, el conflicto se intensifica y la democracia se vuelve campo de batalla donde se disputa qué cuenta como verdad, qué cuenta como pueblo y qué cuenta como pertenencia.
Estados Unidos: del arquitecto de reglas al actor de fuerza
La pérdida relativa de poder de Estados Unidos no es un derrumbe repentino; es un desgaste sostenido que se arrastra desde finales del siglo XX y que se acelera cuando el resto del mundo ya no concede legitimidad automática a reglas escritas desde Washington. El orden liberal se apoyaba en una promesa: apertura económica, expansión de derechos, instituciones multilaterales y democracia como horizonte. Esa promesa se ha agotado por dos vías. Primero, porque produjo ganadores y perdedores dentro de las sociedades, y los perdedores aprendieron a votar, protestar y bloquear. Segundo, porque el mismo sistema que decía universalizar reglas terminó viéndose como mecanismo de asimetrías: sanciones para unos, excepciones para otros; derechos humanos invocados selectivamente; mercados abiertos en el discurso y proteccionismo en la práctica.
En ese contexto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marca algo más que alternancia política: institucionaliza una lectura del mundo donde las reglas son instrumento, no marco; donde la certidumbre se sustituye por la ventaja, y donde la fuerza —económica, tecnológica, militar— vuelve a presentarse como fundamento último del orden. Es tentador reducir el fenómeno a personalidad o estilo, dejando de lado lo estructural. En sociedades saturadas de privación relativa, la promesa de “romper todo” deja de ser un escándalo y se convierte en oferta política; la destrucción de normas se vende como justicia correctiva.
La paradoja es que, al mismo tiempo que la superpotencia se muestra menos dispuesta a sostener el andamiaje multilateral, el mundo enfrenta problemas que solo pueden administrarse con coordinación: cadenas de suministro, pandemias, ciberseguridad, clima, migración. La pandemia fue un espejo brutal: evidenció capacidad científica, pero también un reflejo geopolítico primario —cada quien se salva a sí mismo— que debilitó la ilusión de comunidad internacional y aceleró el “sálvese quien pueda” como ética práctica.
China, Rusia y la India: multipolaridad sin manual y categorías mentales obsoletas
La policrisis también es un problema de percepción. Occidente tiende a pensar el poder con categorías creadas por Occidente: hegemonía, reglas, instituciones, democracia liberal como estándar. Pero el ascenso de China obliga a reconocer que el mundo puede ordenarse con lógicas distintas. Beijing es ya potencia económica y tecnológica, y la disputa por semiconductores e inteligencia artificial (IA) es, en realidad, disputa por la infraestructura del porvenir inmediato: quien controle esas plataformas controlará la productividad, la capacidad militar, la vigilancia y el ritmo de innovación. La pregunta no es solo si China remplazará a Estados Unidos, sino qué papel busca: ¿arquitecto alternativo de reglas, líder civilizatorio, o gran potencia pragmática que asegura márgenes sin cargar con costos de hegemonía? Incluso, ¿qué conceptos y categorías debemos utilizar para ponderar este futuro?
Rusia, por su parte, empuja explícitamente por un mundo multipolar en el que Estados Unidos ya no dicte las reglas del juego. La invasión a Ucrania —y la manera en que reconfiguró sanciones, gasto militar europeo, mercados energéticos y alineamientos— fue también un mensaje sistémico: el territorio como argumento sobre las fracturas en el “orden” establecido. Y, sin embargo, Moscú no ofrece un “modelo” de orden; ofrece una fuerza de fricción: puede impedir, complicar, castigar. Así puede lograr y mantener un lugar importante en la mesa. En un sistema fatigado, el actor que puede romper es tan relevante como el que puede construir.
La India añade otra capa: economía en crecimiento, ambición tecnológica y una base demográfica que ya rebasó a China, un dato con implicaciones de largo plazo para mercado laboral, consumo, poder militar potencial y proyección regional. Nueva Delhi podría ser uno de los grandes ganadores estructurales del reordenamiento, pero su papel internacional aún está en construcción: equilibra autonomía estratégica, rivalidad con China, relación con Estados Unidos y liderazgo del Sur global sin asumir costos de “policía” internacional.
La multipolaridad, así, no es un concierto armónico de potencias: es una redistribución de margen de maniobra. Y, crucialmente, no debemos asumir que “multipolaridad” significa lo mismo para todos: es muy probable que cada actor relevante (China, Estados Unidos, la India, Rusia, Europa o las potencias regionales) tenga una visión distinta —e incluso divergente— de qué implica y cómo debería verse ese arreglo. El resultado es un mundo más negociado, pero también más propenso al choque, porque la capacidad de imponer disciplina disminuye mientras aumentan las oportunidades de desafiar: incertidumbre sobre orden.
Clima, energía, tecnología y migración: las fuerzas transversales que vuelven todo más difícil
Hay fuerzas que no respetan fronteras y que están rediseñando la política mundial desde abajo. El cambio climático avanza más rápido que las respuestas políticas. Multiplica problemas: inflación alimentaria, desastres, estrés hídrico, presión fiscal y migraciones que ya no serán solo económicas o por violencia, sino por habitabilidad. Y, sin embargo, la acción climática pierde prioridad real cuando las potencias compiten por seguridad energética y ventaja industrial. La hipocresía energética no es moral; es estructural: el petróleo barato sigue siendo un factor central de alianzas y de estabilidad interna.
La guerra en Ucrania mostró esa tensión: sanciones, pero también rutas alternativas. China y la India se volvieron compradores cruciales de crudo ruso en distintos momentos. En un mundo de policrisis, la moralidad compite con la factura de energía.
La revolución tecnológica agrava el cuadro. La combinación de IA aplicada, automatización y control de semiconductores acelera la posibilidad de sustituir trabajo humano a escala, no solo en manufactura sino en servicios, logística, análisis e incluso tareas cognitivas. Esto tiene una implicación política explosiva: grandes porciones de población —ya vulnerables— pueden volverse “prescindibles” para la creación de valor, aumentando presión para programas asistencialistas justo cuando muchas pirámides demográficas se invierten y los Estados envejecen. La desigualdad deja de ser un subproducto incómodo y se convierte en motor de inestabilidad.
Pero hay una dimensión adicional, menos discutida y cada vez más influyente: los idearios de la élite tecnológica mundial. En torno a la élite empresarial del sector tecnológico (tech-bros), a ciertos círculos de capital de riesgo y a quienes controlan plataformas, infraestructura digital y narrativas de innovación, circula una visión del futuro que no es neutra. Suele mezclar promesas emancipadoras —eficiencia, progreso, “soluciones” tecnológicas— con un trasfondo marcadamente elitista: la idea de que el rumbo correcto lo define una minoría “capaz” y que las fricciones sociales son obstáculos a optimizar, más que comunidades a representar. En esa lógica, la desigualdad aparece como precio aceptable del avance, o incluso como filtro natural; la política se ve como estorbo y la democracia como un sistema demasiado lento para un mundo que debe acelerarse.
Esa mentalidad importa porque no se queda en discursos: influye en diseño de plataformas, en gobernanza algorítmica, en concentración de datos, en relaciones con Estados y, sobre todo, en la manera en que se concibe quién cuenta en la economía del mañana. Si la automatización vuelve prescindibles a millones y, al mismo tiempo, los idearios dominantes en el sector que produce esa automatización tienden a naturalizar la exclusión, la promesa de “prosperidad para todos” se vuelve más frágil. El resultado es una incompatibilidad creciente entre los aparentes reclamos de mayorías —ya de por sí excluidas— y los proyectos implícitos de una élite que imagina el futuro como un espacio de selectos, hiperproductivos y altamente conectados.
El reto estratégico, entonces, no es “predecir” el nuevo orden con exactitud —no podemos—, sino aprender a navegar la incertidumbre sin paralizarnos.
Aquí aparece una tensión y divergencia que puede moldear lo que venga: por un lado, sociedades que exigen dignidad, redistribución y protección ante el desplazamiento tecnológico; por el otro, una constelación de actores tecnológicos con recursos, influencia cultural y capacidad de “hacer mundo” por medio de infraestructura digital, muchas veces empujando por desregulación, excepción y poder privado. Esa fricción no es secundaria: puede traducirse en populismos antitecnología, en regulaciones abruptas, en capturas regulatorias silenciosas o en nuevos pactos sociales. En cualquier caso, añade otra capa a la policrisis, porque amplía el conflicto central de nuestro tiempo: quién decide las reglas —y para quién— en un orden que ya no logra producir certidumbre compartida.
La movilidad humana completa el triángulo. Migrar es histórico y natural, pero hoy choca con fronteras rígidas y discursos nativistas que se endurecen mientras las causas de migración se multiplican. La idea de Estado-nación —histórica, no eterna— se defiende con dureza precisamente cuando su capacidad de encausar flujos y economías se reduce.
Y, como telón de fondo, la polarización: política, por crisis de consensos; económica, por desigualdad persistente que se replica en casi todas las sociedades. La polarización no es ruido, es señal de que las viejas coaliciones sociales que sostenían el contrato político se están rompiendo.
Varios países ofrecen este espejo: el impulso mundial de “desmontar” instituciones como respuesta al agravio social. Más allá de simpatías partidistas, el punto estratégico es otro: cuando la estabilidad institucional deja de ser valor central, la incertidumbre se institucionaliza. Reglas menos claras, decisiones más centralizadas.
Pero incluso aquí conviene leer el fenómeno en clave de transición, no de tragedia lineal. No es un “apagón” repentino; es una recomposición del vínculo entre Estado y sociedad cuando cambian las condiciones materiales, informativas y demográficas. En un mundo de incertidumbre estructural, las mayorías demandan protección inmediata —seguridad, precio de la vida, empleo, pertenencia, inclusión—, y los sistemas representativos, diseñados para deliberar y procesar diferencias, quedan tensados. Eso empuja a soluciones de concentración de poder que prometen eficacia, aunque su costo sea la fragilización de contrapesos.
Esto conecta con una idea clave para entender el siglo XXI: la “necesidad de caos”. Una parte de la población apoya destruir el sistema establecido aun sin claridad sobre qué vendrá después, porque siente que el sistema “merece ser derribado”. Es un fenómeno que resuena con el brexit, Trump, los chalecos amarillos, los virajes a derechas extremas y múltiples expresiones de hartazgo internacional.
Gaza, Ucrania y el regreso del realismo, pero con un mundo distinto
Las guerras recientes —Ucrania y Gaza— se leen a menudo como eventos aislados, y ahí está el peligro intelectual. Son también síntomas del debilitamiento del “orden basado en reglas”: la dificultad de disuasión, la fragmentación diplomática, el uso instrumental del Derecho Internacional y la incapacidad de producir salidas estables. No es que las reglas hayan desaparecido; es que su capacidad de obligar se redujo y su legitimidad se volvió objeto de disputa.
En este escenario, muchos celebran un “regreso al realismo”: intereses, poder, zonas de influencia. Pero si concluimos que el futuro será una simple repetición del pasado, erramos. El tablero ya no es el de 1945 ni el de 1991. La diferencia decisiva es la multiplicación de actores no estatales —lícitos e ilícitos— con capacidad real de alterar resultados: plataformas tecnológicas, redes criminales trasnacionales, fondos, milicias, cadenas logísticas privadas, comunidades digitales capaces de movilizar o desestabilizar, y de la diversificación de los ámbitos de acción humana. En campos como el tecnológico, estos actores llevan ventaja sobre los Estados. El resultado podría ser, incluso, el inicio del fin del Estado-nación tal como lo conocimos: no porque desaparezca de un día para otro, sino porque su monopolio de soberanía efectiva se erosiona.
Vemos, además, un auge de nuevas formas de acción estratégica, como “la guerra híbrida”, no como sustituto de la guerra física —que persistirá por control de territorio y recursos tangibles—, sino como expansión natural hacia otros campos, especialmente el cognitivo. La batalla por las mentes, por la influencia convertida en acción, se ha vuelto notable. Y aquí aparece una paradoja central: si bien observamos el agotamiento de la democracia, también vemos el uso de mecanismos democráticos —elecciones, opinión pública, movilización de mayorías— como vehículo de erosión democrática. La influencia sobre mayorías alcanzadas por narrativas que cuestionan los marcos referenciales les ofrece una falsa sensación de comprensión y esperanza: comprensión, porque simplifica el mundo en relatos totales; esperanza, porque promete salvación vía exclusión, castigo o ruptura. Así, se logra la erosión más efectiva de la democracia porque se hace desde adentro, por medio de sus propios mecanismos.
Vale subrayar que esto también es histórico: cada gran cambio de periodo trae consigo una crisis de mediación. En los tiempos más recientes, cuando se transforma la tecnología de la comunicación —como ocurrió con la imprenta, la radio o la televisión— se reordenan los equilibrios de autoridad y la manera en que una sociedad decide qué es real. Hoy, la economía de la atención, las redes sociales, el contenido curado y la IA han alterado esa mediación a una escala inédita y con una velocidad que desborda a las instituciones. La democracia liberal se construyó sobre mediadores relativamente estables (partidos, sindicatos, prensa, academias, burocracias profesionales). Al debilitarse esos puentes, la legitimidad busca rutas alternativas: liderazgos directos, plebiscitarios, identidades duras, comunidades cerradas. No es “el fin” de la política democrática; es su metamorfosis bajo nuevas condiciones de comunicación y desigualdad.
Ese proceso, a su vez, alimenta dos dinámicas que se refuerzan. Primero, facilita a los elitistas —incluida parte de la élite tecnológica— el argumento de que solo minorías “capaces” deberían poder tomar decisiones, porque “las masas” serían demasiado manipulables o demasiado impulsivas. Segundo, produce una cámara de eco permanente en la que el “99%” se mantiene en tensión con el “1%”: no como metáfora política puntual, sino como estructura emocional que recircula la privación relativa y aumenta la presión sobre la idea de que “el sistema debe morir”.
Y aquí aparece la conexión más fina con la transición histórica: la erosión democrática no ocurre pese al “orden basado en reglas”, sino porque ese orden dependía del respaldo de un tipo de gobiernos nacionales y ciudadanía, y de un tipo de confianza social que hoy ya no se reproducen automáticamente. En la era liberal, la promesa era que reglas compartidas —dentro y entre Estados— generarían estabilidad y, con ella, prosperidad suficiente para sostener acuerdos (tanto así que países democráticos estuvieron dispuestos a ir a la guerra para asegurar que otros países se volvieran democráticos). Cuando la prosperidad se concentra, cuando la seguridad se vuelve desigual y cuando la información se convierte en un campo de batalla permanente, las reglas dejan de percibirse como garantías y empiezan a verse como candados: mecanismos que protegen a quienes “ya llegaron” y excluyen a quienes “siguen esperando”. En ese punto, la democracia liberal deja de ser el idioma incuestionado del futuro y se vuelve uno de varios dialectos disponibles para organizar la vida colectiva. Si se le agrega un alza cínica de la transaccionalidad, del poder entendido como derivado solamente de recursos, y no sustentado también en valores, tenemos la explosiva combinación del hoy.
Durante un tiempo, persistirá la idea de que, si logramos recomponer pactos internos —reducir la desigualdad, reconstruir la confianza y actualizar las instituciones a la nueva ecología informativa—, también podremos recuperar parte del “rumbo” colectivo, no como regreso intacto a un pasado, sino como rearticulación de una promesa mínima de convivencia bajo reglas compartidas. Lo decisivo es entender qué forma democrática —con qué mediaciones, qué límites al poder y qué nuevos equilibrios entre lo público y lo privado— puede emerger y sostener certidumbre en una época distinta. Las mentes y el espacio cognitivo ya han sido modificadas. La plasticidad cerebral —a punta de redes sociales, contenido curado, IA y economías de la atención— sembró la idea de un mundo diferente del actual, que para muchos no funciona ni cumple promesas. ¿Cuál es ese mundo? Todavía no lo sabemos. Hay miles de versiones posibles de ese nuevo mundo circulando al mismo tiempo, compitiendo por adhesión, identidad y acción. Y, en gran medida, estamos viviendo esa guerra por sentido que añade otro punto de incertidumbre a esta transición histórica.
Ahí aparece la intuición más incómoda de nuestra época: sabemos que el mundo del que venimos se está acabando, pero no tenemos forma de saber con certeza qué viene. La transición histórica no tiene manual. A diferencia de los siglos posteriores, nosotros no gozamos de retrospectiva. No podemos ver el “corte” que, dentro de 500 años, usarán para nombrar esta etapa. ¿Ya ocurrió? ¿Aún está por venir? ¿Se definirá por 2008, por 2014, por 2020, por 2022, por 2025? Nadie lo sabe. Y, sin embargo, el impulso de buscar patrones —la industria completa de gestión de riesgo, previsión, cumplimiento normativo, análisis— sigue vivo porque fue construido para cerrar la brecha de incertidumbre. Hoy intenta hacerlo con herramientas diseñadas para un mundo más estable.
No hay vuelta atrás: repensar la supervivencia
En tiempos históricos, la nostalgia es una trampa. No hay vuelta al orden liberal “clásico” como marco indiscutido. No significa que desaparezca por completo, pero lo que manda es la tendencia de redistribución del poder, agotamiento ideológico, competencia tecnológica, crisis climática, presión migratoria y polarización.
Eso obliga a replantear la estrategia, sobre todo para potencias medias y países que no dictan reglas, pero que sí pueden ampliar o reducir su vulnerabilidad. La primera tarea es pensar en dos horizontes al mismo tiempo: existencia inmediata y de largo plazo. En el corto plazo, se trata de resiliencia: blindar infraestructura, profesionalizar inteligencia y gestión de crisis, y sostener cohesión social mínima; en situación ideal, además, diversificar dependencias críticas (energía, alimentos, tecnología). En el largo plazo, se trata de apuestas: posicionarse en cadenas de valor del siglo XXI (semiconductores, IA aplicada, transición energética), construir autonomía estratégica sin autarquía, y diseñar políticas demográficas, educativas y de innovación que permitan navegar el remplazo tecnológico del trabajo y acomodar los movimientos naturales humanos naturales y creados por la presión de los tiempos.
La segunda tarea es intelectual: no confundir tácticas heredadas con diagnósticos correctos. Las zonas de influencia, por ejemplo, pueden reaparecer como práctica de poder; pero creer que explican todo conduce a errores, porque hoy compiten con redes, datos, plataformas y mercados que no obedecen fronteras.
La tercera tarea es política: sostener instituciones que produzcan previsibilidad sin caer en el fetiche institucional. Las instituciones importan no por ser “buenas” moralmente, sino porque reducen arbitrariedad y permiten coordinar expectativas. Cuando se destruyen, la incertidumbre no se elimina, se privatiza, se vuelve costo social y se paga con inestabilidad.
El mundo que viene —si es que “viene”, porque en realidad ya está aquí— no será necesariamente mejor ni peor; será distinto. Y ese es el punto central. Estamos entrando en una época donde la certidumbre deja de ser bien público garantizado por un centro hegemónico y se convierte en un recurso escaso que cada actor buscará producir para sí mismo, por la buena o por la mala. Eso reordena alianzas, economías y políticas nacionales. También reordena mentalidades.
Quizá el mensaje final sea el más difícil de aceptar: no se trata de esperar a que pase la tormenta para volver a lo de antes. Lo de antes era una fase histórica, y está terminando. El reto estratégico, entonces, no es “predecir” el nuevo orden con exactitud —no podemos—, sino aprender a navegar la incertidumbre sin paralizarnos, entendiendo que la policrisis no es una suma de crisis coyunturales, sino el cambio lento, pero sostenido, de la estructura total del mundo.
Participación en Foreign Affairs

El rumbo de la gobernanza internacional: el caso de Ucrania
Rosy Arlene Ramírez Uresti / El rumbo de la gobernanza internacional en 2026 se encuentra profundamente condicionado por la persistencia y transformación de la guerra entre Rusia y Ucrania, conflicto que ha dejado de ser únicamente un enfrentamiento militar regional para convertirse en un caso paradigmático de las tensiones estructurales que atraviesa el sistema internacional contemporáneo. A casi cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania se sitúa en el centro de un entr
Rosy Arlene Ramírez Uresti
/ El rumbo de la gobernanza internacional en 2026 se encuentra profundamente condicionado por la persistencia y transformación de la guerra entre Rusia y Ucrania, conflicto que ha dejado de ser únicamente un enfrentamiento militar regional para convertirse en un caso paradigmático de las tensiones estructurales que atraviesa el sistema internacional contemporáneo. A casi cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania se sitúa en el centro de un entramado de dinámicas geopolíticas, geoeconómicas y normativas que revelan tanto los límites como las mutaciones de la gobernanza global en un entorno marcado por la fragmentación del poder, la competencia estratégica y la erosión de consensos multilaterales.
Participación en La Silla Rota:

La promesa tecnológica frente a la emergencia
Andrea Rosas Guzmán / En México, la gestión de emergencias humanitarias se ha ido desplazando hacia una creciente confianza en la tecnología como herramienta para mejorar la prevención, la respuesta y la coordinación ante crisis que van desde desastres naturales hasta dinámicas humanitarias más complejas y prolongadas. Mecanismos como alertas tempranas, sistemas de información, plataformas digitales o el desarrollo de drones nacionales prometen rapidez y eficiencia en contextos en los que cada
Andrea Rosas Guzmán
/ En México, la gestión de emergencias humanitarias se ha ido desplazando hacia una creciente confianza en la tecnología como herramienta para mejorar la prevención, la respuesta y la coordinación ante crisis que van desde desastres naturales hasta dinámicas humanitarias más complejas y prolongadas. Mecanismos como alertas tempranas, sistemas de información, plataformas digitales o el desarrollo de drones nacionales prometen rapidez y eficiencia en contextos en los que cada minuto cuenta. Sin embargo, la pregunta clave no debería ser si la tecnología puede ayudar, sino cómo y bajo qué condiciones lo hace.
El nuevo sistema de alertas sísmicas en teléfonos móviles permite observar esa promesa de la innovación tecnológica en la gestión de emergencias, en particular como herramienta de prevención. Este tipo de soluciones muestra que la tecnología puede contribuir a la reducción de riesgos cuando se apoya en infraestructura operativa, coordinación institucional y una lógica clara de uso público. Al mismo tiempo, ese potencial se ve limitado por la ausencia de políticas públicas claras, de inversión sostenida y de mecanismos efectivos de rendición de cuentas. La tecnología, por sí sola, difícilmente puede sustituir una gestión integral de las emergencias humanitarias.
En muchas crisis en México —como sismos, fenómenos climáticos extremos o desplazamientos internos— la tecnología se implementa de forma fragmentada, sin marcos regulatorios sólidos ni protocolos claros para el uso de la información. Esto abre la puerta a riesgos importantes, especialmente en el manejo de datos personales y biométricos de poblaciones en situación de vulnerabilidad. La recopilación de información puede ser útil para coordinar ayuda, pero sin las garantías adecuadas también puede derivar en exclusión, vigilancia indebida o en usos secundarios de los datos sin consentimiento.
El problema no es la tecnología, sino la expectativa de que pueda compensar carencias históricas en infraestructura, capacidades institucionales y políticas de prevención. Cuando estos rezagos no se enfrentan, la innovación deja de ser una herramienta de protección y se vuelve un recurso cómodo: ordena datos, genera alertas y produce una sensación de control, sin modificar realmente las condiciones que generan la vulnerabilidad.
Dicho esto, la promesa tecnológica en la gestión de emergencias humanitarias sigue siendo real, pero incompleta. Para que la innovación cumpla su función social, debe ir acompañada de reglas claras, inversión sostenida, protección de datos y un enfoque que coloque a las personas por encima de la eficiencia administrativa. De lo contrario, la tecnología no solo deja de proteger, sino que también puede profundizar desigualdades y trasladar riesgos a quienes ya viven en condiciones de mayor precariedad.
Innovar en emergencias no significa solo digitalizar la respuesta, sino también reconocer que la tecnología necesita reglas, gobierno y responsabilidad para no amplificar los riesgos que promete reducir. De lo contrario, la promesa tecnológica corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de fragilidad, disfrazada de eficiencia y modernización.
Andrea Rosas Guzmán
Internacionalista con especialidad en Seguridad Internacional. Actualmente cursa la maestría en Desarrollo Internacional y Emergencias Humanitarias en la London School of Economics (LSE).
Participación en El Economista

Israel y la campaña contra la Agencia de Naciones Unidas para los Palestinos
Diego Gómez Pickering / El pasado 12 de enero las Fuerzas de Defensa del Estado de Israel irrumpieron en las instalaciones del centro de salud de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo en Jerusalén Oriental -UNRWA por sus siglas en inglés-, amagando a sus empleados y funcionarios, ordenando el cese de sus operaciones durante 30 días y retirando la señalización que indica el estatus del predio como edificio en funciones de la Organización de las Naciones
Diego Gómez Pickering
/ El pasado 12 de enero las Fuerzas de Defensa del Estado de Israel irrumpieron en las instalaciones del centro de salud de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo en Jerusalén Oriental -UNRWA por sus siglas en inglés-, amagando a sus empleados y funcionarios, ordenando el cese de sus operaciones durante 30 días y retirando la señalización que indica el estatus del predio como edificio en funciones de la Organización de las Naciones Unidas y por tanto inviolable de acuerdo con la Convención sobre Privilegios e Inmunidades de 1946. Una clara afrenta de Tel Aviv contra el derecho internacional y un paso más en su campaña contra UNRWA y su trabajo en Gaza y Cisjordania.
Las acciones del gobierno israelí causaron indignación ante los reiterados intentos por minar el mandato de la Agencia y provocaron la inmediata condena por parte de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU.
El asalto a las instalaciones del centro de salud, que diariamente atiende a cientos de refugiados palestinos impedidos de recibir asistencia sanitaria en el Estado de Israel, se suma a la toma por parte de las autoridades israelíes del complejo operativo de UNRWA en el barrio de Sheikh Jarrah, en la parte ocupada de Jerusalén, y a la votación en el Knesset de una nueva ley que promulga el cese de la operaciones de UNRWA en el territorio del Estado de Israel y en los territorios ocupados por el mismo, ambos incidentes acaecidos en meses recientes y parte de una serie de ataques sostenidos contra empleados e instalaciones de la Agencia, sobre todo en Gaza, donde de acuerdo con estimaciones de Naciones Unidas un total de 126 funcionarios de UNRWA fueron asesinados y todas sus instalaciones bombardeadas en más de una ocasión por las fuerzas israelíes, fueran escuelas, centros de salud o de asistencia social.
«Las autoridades israelíes han seguido adoptando medidas incompatibles con sus obligaciones en virtud del derecho internacional. Estas medidas constituyen una afrenta a la inviolabilidad de las instalaciones de las Naciones Unidas y un obstáculo para la implementación del mandato otorgado por la Asamblea General a UNRWA para que continúe sus operaciones en los Territorios Ocupados, incluida Jerusalén Oriental. Como confirmó recientemente la Corte Internacional de Justicia, la Convención sobre Privilegios e Inmunidades de las Naciones Unidas prohíbe cualquier acción ejecutiva, administrativa, judicial o legislativa contra los bienes y activos de las Naciones Unidas. El Secretario General insta al Gobierno de Israel a que adopte medidas inmediatas que garanticen el mantenimiento de los servicios básicos en las instalaciones de la UNRWA», conminaba Antonio Guterres en un comunicado de prensa dado a conocer el pasado día 15 de enero.
La campaña israelí para minar la credibilidad y capacidad operativa de la agencia establecida en 1949, encargada de proveer asistencia humanitaria a cerca de 6 millones de refugiados palestinos y garante de su derecho al retorno, es sintomática del creciente desprecio por instituciones multilaterales que enarbolan gobiernos y regímenes antiliberales y etno-nacionalistas.
El reciente anuncio de Washington al respecto de su retirada de 66 organizaciones internacionales, entre las que se encuentran agencias del sistema de Naciones Unidas como ONU Mujeres o el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos ONU-Hábitat es otro ejemplo de ello. Vivimos un contexto cada vez más acuciante de abandono de la diplomacia en favor de la confrontación, lo que delata la imperiosa necesidad de fortalecer el sistema creado a la postre de la Segunda Guerra Mundial, ante la posibilidad de verlo colapsado como parte de la conformación del nuevo paradigma internacional.
La continuidad de la Organización de las Naciones Unidas y de las agencias que lo componen, incluida UNRWA, dependerá de un sesudo ejercicio de reforma, que traiga como resultado su consolidación y refrende la primacía del derecho internacional por encima de la belicosidad nacionalista. Un ejercicio en el que México debe a toda costa participar, so pena de sufrir las consecuencias al no hacerlo.
Participación el El Sol de México

Un año extraordinario y perturbador: la huella global del segundo Trump
Héctor Cárdenas / El primer año de la segunda administración de Donald Trump ha sido extraordinario en más de un sentido. Extraordinario por lo inusual de muchas de sus decisiones —a veces desconcertantes, a veces abiertamente provocadoras—, pero también porque en un periodo muy breve ha tenido efectos tangibles y profundos sobre el sistema internacional. Pocas administraciones recientes han alterado con tal rapidez las reglas, expectativas y equilibrios del orden global. En el plano geopolític
Héctor Cárdenas / El primer año de la segunda administración de Donald Trump ha sido extraordinario en más de un sentido. Extraordinario por lo inusual de muchas de sus decisiones —a veces desconcertantes, a veces abiertamente provocadoras—, pero también porque en un periodo muy breve ha tenido efectos tangibles y profundos sobre el sistema internacional. Pocas administraciones recientes han alterado con tal rapidez las reglas, expectativas y equilibrios del orden global.
En el plano geopolítico, el activismo ha sido notable. La mediación que condujo a un alto el fuego en Gaza, el debilitamiento de Irán como actor regional, la salida forzada del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y el drástico recorte a la ayuda internacional al desarrollo han redefinido prioridades y jerarquías. Al mismo tiempo, la política económica y comercial de Washington ha sembrado dudas serias sobre la continuidad de un orden internacional basado en reglas, apertura y previsibilidad.
Sin embargo, disrupción no equivale a éxito. A un año de distancia, los resultados son ambiguos cuando no claramente problemáticos. El regreso del proteccionismo estadounidense ha afectado el desempeño de la economía global, elevando la incertidumbre, tensionando cadenas de suministro y debilitando la inversión. Varios de los problemas que Trump prometió resolver siguen abiertos. La guerra en Ucrania permanece empantanada, sin una estrategia creíble de salida, y el propio alto el fuego en Gaza deja más interrogantes que certezas sobre la estabilidad regional.
Un elemento central de este primer año ha sido el giro conceptual de la política exterior estadounidense. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 no se limita a una redistribución de cargas entre aliados, sino que marca un retorno explícito a la lógica de esferas de influencia, con ecos claros de la Doctrina Monroe, y a una lectura crecientemente civilizacional del orden mundial. Europa aparece menos como socio estratégico pleno y más como un actor culturalmente distante y estratégicamente prescindible. Este enfoque ha erosionado la relación transatlántica y ha reducido los espacios de cooperación con aliados tradicionales.
Este mismo enfoque ha mostrado límites evidentes en la relación con China. Los intentos de confrontación estratégica, aislamiento económico y contención de su proyección global no han logrado los resultados buscados. China exporta hoy menos a Estados Unidos, pero más al resto del mundo: a Europa, a América Latina y a Asia. Lejos de quedar aislada, ha diversificado mercados y profundizado su presencia en regiones clave, en parte aprovechando el repliegue estadounidense. Más aún, la política de Washington ha incentivado a países tradicionalmente cautelosos —como Canadá o India— a explorar vínculos más estrechos con Pekín, no por afinidad ideológica, sino por cálculo económico y estratégico.
Para México, este primer año ha sido particularmente complejo. La relación bilateral ha estado marcada por una presión constante, amenazas recurrentes de aranceles —algunos ya materializados en sectores como acero y aluminio— y exigencias más duras en materia de seguridad y combate al crimen organizado. En este contexto, el margen de maniobra del gobierno mexicano ha sido limitado.
Aun así, conviene subrayar que la estrategia adoptada ha permitido preservar elementos fundamentales de la relación. El TMEC se mantiene vigente, el comercio y la inversión bilateral continúan en niveles robustos y se ha evitado una confrontación directa que habría tenido costos económicos y políticos significativos. La presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por una diplomacia prudente, paciente y de bajo perfil, orientada a administrar tensiones más que a escalar conflictos, en un entorno particularmente adverso y volátil.
Al cumplirse el primer año del segundo mandato de Trump, el balance internacional es inquietante. El mundo es hoy más fragmentado, más incierto y menos cooperativo. Estados Unidos sigue siendo una potencia central, pero ejerce su poder de manera más abrupta y menos estratégica. Para países como México, el reto es claro: proteger intereses vitales y sostener una relación económica indispensable, mientras se adapta a un vecino que ya no se concibe como garante del orden internacional, sino como un actor que privilegia su esfera de influencia, su identidad y sus intereses inmediatos, aun a costa de la estabilidad global.
Participación en El Sol de México
Cuando el comercio se vuelve geopolítica
Mónica Laborda / El Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea suele evaluarse con métricas que pertenecen a otra época. Se insiste en que el comercio con Europa representa apenas alrededor del 7% del total mexicano, como si el sistema internacional siguiera regido por reglas estables y decisiones puramente económicas. Ese supuesto ya no existe. Hoy, el comercio es una extensión de la política de poder, y los acuerdos comerciales son instrumentos de posicionamiento estratégico.
Mónica Laborda / El Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea suele evaluarse con métricas que pertenecen a otra época. Se insiste en que el comercio con Europa representa apenas alrededor del 7% del total mexicano, como si el sistema internacional siguiera regido por reglas estables y decisiones puramente económicas.
Ese supuesto ya no existe. Hoy, el comercio es una extensión de la política de poder, y los acuerdos comerciales son instrumentos de posicionamiento estratégico.
El contexto global es decisivo. La fragmentación del orden internacional, la erosión del multilateralismo y la creciente integración entre economía, seguridad y tecnología han transformado la lógica del intercambio. Las cadenas globales de valor se reconfiguran no sólo por eficiencia, sino por criterios de confianza, afinidad regulatoria y alineamiento político. En este entorno, la dependencia excesiva deja de ser una ventaja comparativa y se convierte en una vulnerabilidad estructural.
Desde esta perspectiva, el Acuerdo Global Modernizado (AGM) no busca sustituir la relación con Estados Unidos, sino introducir redundancia estratégica. Diversificar no es cambiar de dependencia, sino evitar que una sola relación concentre riesgos económicos, regulatorios y políticos. La Unión Europea aporta atributos cada vez más escasos: estabilidad institucional, previsibilidad normativa y una lógica de comercio basada en reglas. En tiempos de volatilidad, estos elementos adquieren un valor estratégico propio.
El acuerdo también apunta a la calidad de la inserción internacional. El comercio con Europa se concentra en sectores intensivos en conocimiento, tecnología y capital humano, justamente aquellos que definen la competitividad de largo plazo. El AGM refuerza un patrón de integración más sofisticado, alineado con estándares elevados en industria avanzada, transición energética y servicios digitales. No se trata solo de vender más, sino de integrarse mejor.
Conviene, sin embargo, evitar lecturas complacientes. El acuerdo no transforma estructuras productivas por sí mismo. Es una plataforma, no un resultado. Su función es reducir incertidumbre, bajar costos regulatorios y ofrecer un marco creíble para inversiones de largo plazo. En el actual proceso de nearshoring, esta diferencia es crucial, los países que capturan valor no son los más baratos, sino los más confiables.
El impacto del AGM es también normativo y político. Los compromisos en desarrollo sostenible, derechos laborales y combate a la corrupción no son concesiones marginales, sino mecanismos de convergencia regulatoria. En la economía política contemporánea, los estándares operan como filtros de acceso a mercados, financiamiento y tecnología.
Nada de esto se materializa de manera automática. La implementación del acuerdo exigirá una diplomacia económica activa y profesional, capaz de identificar oportunidades concretas, anticipar fricciones regulatorias y sostener la credibilidad de México como socio confiable. En un sistema internacional donde la incertidumbre ya no es coyuntural sino estructural, diversificar no es una consigna ideológica, sino una estrategia de protección y de poder. El AGM no promete resultados inmediatos, pero sí ofrece algo cada vez más escaso en la política internacional contemporánea, margen de maniobra frente a un mundo crecientemente volátil.
Participación en El Sol de México
Del orden liberal a la defensa civilizatoria
Héctor Cárdenas / Durante casi 3 décadas, luego del fin de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos descansó sobre una premisa tan poderosa como aparentemente incuestionable: la seguridad estadounidense se veía reforzada en la medida en que se expandía un orden liberal internacional, basado en reglas, mercados abiertos, alianzas estables y valores democráticos compartidos. Los gobiernos podían discrepar en los instrumentos, en los costos aceptables o en la secuencia de prioridades,
Héctor Cárdenas / Durante casi 3 décadas, luego del fin de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos descansó sobre una premisa tan poderosa como aparentemente incuestionable: la seguridad estadounidense se veía reforzada en la medida en que se expandía un orden liberal internacional, basado en reglas, mercados abiertos, alianzas estables y valores democráticos compartidos. Los gobiernos podían discrepar en los instrumentos, en los costos aceptables o en la secuencia de prioridades, pero no en la idea central de que ese orden era deseable, sostenible y funcional a los intereses de Estados Unidos. Esa premisa ya no estructura la política exterior estadounidense.
De ahí la importancia de realizar un análisis comparativo del contenido de las Estrategias de Seguridad Nacional (NSS) publicadas por los gobiernos de los presidentes George W. Bush en 2006, Barack Obama en 2010 y 2015, Donald Trump en 2017, Joseph R. Biden en 2022 y Trump 2.0 en diciembre de 2025. La evolución de dichas NSS revela algo más profundo que un ajuste táctico o una simple corrección de rumbo. Lo que emerge es una transformación sustantiva en la manera en que Estados Unidos concibe el sistema internacional, redefine sus prioridades y entiende su propio lugar en el mundo. La NSS de 2025, emitida en el segundo gobierno de Trump, representa el punto de ruptura más claro hasta ahora: no solo abandona la aspiración de hegemonía liberal, sino que reorganiza la política exterior estadounidense en torno a una narrativa civilizatoria, en la que la identidad cultural, la ansiedad demográfica y la idea de decadencia moral pasan a formar parte explícita del concepto de seguridad nacional.
Este giro tiene también una dimensión geográfica inequívoca. A diferencia de estrategias anteriores —que alternaron entre el compromiso internacional y el repliegue selectivo—, la NSS de 2025 señala una recentralización deliberada de la estrategia estadounidense en el hemisferio occidental, resucitando la Doctrina Monroe bajo un nuevo “Corolario Trump”. En ningún espacio esta reorientación resulta tan visible y tan cargada de implicaciones como en Latinoamérica y, de manera particular, en México, el único país mencionado de forma reiterada y sustantiva en el documento.
Cómo ha cambiado la visión de Estados Unidos sobre el mundo
Bush: hegemonía liberal y misión democrática
La NSS de 2006 de Bush representa el punto más alto de confianza ideológica del periodo posterior a la Guerra Fría. Redactada a la sombra del 11-S, definía la seguridad estadounidense como inseparable de una lucha internacional contra una “nueva forma de totalitarismo”, y sostenía que la expansión de la democracia era, a la vez, un imperativo moral y una necesidad estratégica.
En esta visión, las amenazas provenían de Estados fallidos, regímenes autoritarios y redes extremistas. La respuesta era expansiva: cambio de régimen cuando fuera necesario, promoción de la democracia siempre que fuera posible, y consolidación de un orden internacional liderado por Estados Unidos y sustentado en valores universales. La globalización se asumía como benigna e inevitable; el liderazgo estadounidense, como estabilizador y, en última instancia, bienvenido.
Más que un documento de balance de poder, la NSS de Bush era una teoría de la historia, basada en la idea de una convergencia inevitable hacia la democracia liberal y en la convicción de que Estados Unidos debía acelerar ese proceso.
Obama: internacionalismo liberal bajo restricciones
Las NSS de Obama, de 2010 y 2015, introdujeron una dosis de realismo sin abandonar el marco liberal. El mundo que describían era más complejo, interdependiente y menos susceptible de transformaciones rápidas. El poder se estaba dispersando; las amenazas —cambio climático, pandemias, ciberseguridad— eran crecientemente transnacionales y no podían resolverse mediante el uso de la fuerza militar.
Obama puso el acento en las instituciones, las alianzas y la legitimidad derivada de la contención. La democracia y los derechos humanos siguieron siendo valores centrales, pero dejaron de presentarse como modelos universalmente exportables. Estados Unidos debía liderar, sí, pero hacerlo mediante coaliciones y reglas, no mediante imposiciones. Se trataba de un liberalismo sin triunfalismo: normativo y mundial, pero consciente de sus límites.
Trump 1.0: soberanía, competencia y rechazo del universalismo liberal
La NSS de 2017 de Trump marcó una ruptura clara. Rechazó la idea de que la globalización y las instituciones liberales sirvieran automáticamente a los intereses de Estados Unidos y redefinió la política internacional como un ámbito de competencia entre grandes potencias soberanas.
En este marco, las alianzas se volvieron transaccionales; las instituciones multilaterales, sospechosas, y la política económica, un componente central de la seguridad nacional. China y Rusia aparecieron como potencias revisionistas. Los déficits comerciales, la dependencia energética y la pérdida de capacidad industrial fueron reinterpretados como vulnerabilidades estratégicas.
Aun así, Trump 1.0 operaba fundamentalmente dentro de un marco materialista: poder, competencia, soberanía y reciprocidad. Los valores importaban, pero, sobre todo, como rasgos de identidad nacional, no como compromisos universales.
Biden: el orden liberal en un contexto de rivalidad sistémica
La NSS de 2022 de Biden intentó recuperar el lenguaje del orden liberal, pero lo hizo en un contexto mucho más adverso. El documento presentó el sistema internacional como un espacio de competencia entre modelos democráticos y autoritarios, con China como el principal desafío estructural y Rusia como un factor de disrupción inmediata.
Al mismo tiempo, Biden reconoció que amenazas transnacionales —clima, salud mundial y estabilidad económica— se habían convertido en ejes centrales de la seguridad nacional, incluso en medio de la rivalidad geopolítica. La cooperación con adversarios dejaba de ser opcional.
La estrategia de Biden combinó claridad ideológica con pragmatismo: la democracia seguía importando, pero la interdependencia debía gestionarse. No se trataba de expandir el orden liberal, sino de defenderlo en condiciones de erosión.
Trump 2.0: del nacionalismo estratégico a la defensa civilizatoria
La NSS de 2025 representa un cambio cualitativo respecto de sus predecesoras. En apariencia, se trata de un documento centrado en intereses: define de manera estricta la seguridad nacional, cuestiona los compromisos internacionales de largo alcance y enfatiza instrumentos como los aranceles, la política industrial y el control territorial del entorno inmediato. Sin embargo, bajo esa superficie emerge una transformación más profunda: un desplazamiento desde el realismo estratégico hacia una política exterior articulada en clave civilizatoria.
El lenguaje del documento sobre Europa resulta particularmente revelador. La NSS de Trump 2.0 advierte sobre la “erosión civilizatoria”, la decadencia cultural y el debilitamiento de la identidad occidental como consecuencia de la migración, el secularismo y las agendas progresistas. Estos fenómenos no son presentados como debates internos de las sociedades democráticas, sino como amenazas estratégicas que ponen en riesgo la continuidad de Occidente.
La NSS de 2025 no solo redefine la relación de Estados Unidos con el mundo, sino también la forma en que ese mundo es conceptualizado.
Al mismo tiempo, el hemisferio occidental aparece ya no como un espacio de cooperación o integración, sino como una zona de responsabilidad primaria y dominación estratégica de Estados Unidos. En este marco, la migración, el narcotráfico, la deslocalización cercana (nearshoring) y la presencia de potencias extrahemisféricas se integran en una narrativa de seguridad interna ampliada. Esta concepción deja abierta una pregunta crucial: ¿Latinoamérica —y particularmente México— forma parte del Occidente que el gobierno de Trump dice querer preservar o es simplemente un espacio que debe ser disciplinado y controlado?
Qué revela la NSS de 2025 sobre las prioridades y los instrumentos de Estados Unidos
La NSS de 2025 redefine el interés nacional de una manera que trasciende el realismo clásico. A los componentes tradicionales de poder —territorio, economía y capacidad militar— se suman ahora elementos vinculados a la identidad cultural, la cohesión social y el control demográfico. La seguridad deja de ser solo una cuestión externa y pasa a concebirse como una prolongación de los conflictos internos de la sociedad estadounidense.
En este marco, la migración adquiere un lugar central. Ya no es tratada como un fenómeno estructural ligado al desarrollo desigual o a crisis regionales, sino como una vulnerabilidad estratégica que debe ser contenida, externalizada y, en la medida de lo posible, neutralizada más allá de las fronteras estadounidenses. La política exterior se convierte así en una herramienta directa de gestión de la frontera.
La resurrección explícita de la Doctrina Monroe, acompañada del llamado Corolario Trump, cristaliza esta lógica. Estados Unidos declara que no tolerará la penetración estratégica de China o Rusia en el hemisferio occidental, reinterpretando decisiones soberanas de los países latinoamericanos —en infraestructura, energía, telecomunicaciones o financiamiento— como variables de una competencia geopolítica definida en Washington.
México ocupa una posición singular en este esquema, precisamente porque la NSS de 2025 rompe con una continuidad que se había mantenido, con matices, desde Bush hasta Biden. Durante ese periodo, México fue concebido como un vecino integrado al espacio norteamericano, cuyos problemas —comercio, seguridad fronteriza, crimen organizado o migración— se entendían como desafíos compartidos que requerían cooperación institucional y gestión conjunta de la interdependencia. Con Bush, México era casi invisible porque se asumía alineado al orden liberal; con Obama, emergió como socio clave de la competitividad y la gobernanza de Norteamérica; con Trump, en su primer mandato, fue tratado de forma más transaccional y securitizada, pero aún como un interlocutor necesario, y con Biden, volvió a ser presentado como un socio indispensable para administrar riesgos regionales.
La NSS de 2025 rompe esa lógica: México aparece como un actor de primera línea en materia migratoria, de seguridad y de cadenas productivas, pero ya no como un socio estratégico en pie de igualdad. Resulta particularmente llamativa la ausencia de una visión de Norteamérica como bloque, pese a la centralidad del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) y de la integración productiva. La estrategia privilegia una lógica funcional y jerárquica: México como plataforma manufacturera y amortiguador de riesgos, más que como coprotagonista de una estrategia continental compartida.
Implicaciones para socios y aliados
Para los aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia y Europa, la NSS de 2025 introduce un elemento nuevo y perturbador: a los criterios materiales de contribución y capacidad se suman ahora juicios implícitos sobre orientación cultural e identidad política. La pertenencia al “Occidente” deja de definirse exclusivamente en términos institucionales o normativos y pasa a estar mediada por percepciones sobre cohesión social, valores tradicionales y resistencia al cambio cultural.
En Latinoamérica, el impacto adopta una forma distinta, pero no menos profunda. Los países de la región no son concebidos como parte de una comunidad civilizatoria compartida ni como aliados ideológicos en una competencia mundial entre democracia y autoritarismo. Tampoco aparecen como socios estratégicos con capacidad de codiseñar el orden regional. Son, ante todo, espacio estratégico: fuente de riesgos que deben ser contenidos, de oportunidades económicas que deben ser aprovechadas y de posibles aperturas para la influencia de potencias rivales.
Esta mirada tiene consecuencias prácticas. Las relaciones tienden a securitizarse: la migración, el crimen organizado, la energía o la deslocalización cercana se abordan prioritariamente desde la óptica del control y la prevención de amenazas, más que desde la cooperación para el desarrollo o la integración de largo plazo. Para países como Brasil, Colombia o los Estados centroamericanos, esto implica una relación más asimétrica y condicionada.
Para México, la paradoja es especialmente aguda. Es indispensable para la seguridad y la competitividad de Estados Unidos, pero rara vez es tratado como un socio estratégico pleno. Está dentro del perímetro de seguridad estadounidense, pero fuera de su imaginario político y civilizatorio. Esta ambigüedad erosiona la posibilidad de una relación verdaderamente estratégica y refuerza una lógica de dependencia funcional.
Implicaciones para los competidores estratégicos
Para China, la NSS de 2025 establece límites más claros a su presencia en el hemisferio occidental. Latinoamérica deja de ser un espacio relativamente abierto para la diplomacia económica y pasa a ser un terreno crecientemente vigilado, en el que las inversiones, los proyectos de infraestructura y los acuerdos tecnológicos son evaluados a la luz de criterios de seguridad definidos por Washington.
Sin embargo, la estrategia estadounidense presenta una contradicción: al no ofrecer una visión positiva y creíble de desarrollo compartido para la región, corre el riesgo de contener sin sustituir. Esto puede encarecer la presencia china, pero no necesariamente eliminarla, especialmente en países que perciben escasos beneficios de una relación asimétrica con Estados Unidos.
Rusia, por su parte, se beneficia indirectamente del debilitamiento del consenso occidental y del abandono del lenguaje normativo. Aunque su capacidad económica en Latinoamérica es limitada, conserva margen para la disrupción política, la cooperación simbólica y el aprovechamiento de resentimientos históricos frente a Estados Unidos. La fragmentación del concepto de Occidente juega a su favor, incluso sin una presencia material significativa.
Qué resultados cabe esperar en el corto y mediano plazo
En el corto plazo, es previsible un aumento sostenido de la presión estadounidense sobre México en materia migratoria, de control del narcotráfico y de limitación de la presencia china. La relación bilateral tenderá a profundizar su carácter securitario, con menos espacio para una agenda positiva de integración política o institucional.
En Latinoamérica en general, es probable que se intensifique una dinámica de equilibrio precario: los gobiernos buscarán evitar una confrontación directa con Estados Unidos sin renunciar del todo a márgenes de autonomía frente a China u otros actores. Esta estrategia de cobertura (hedging) será cada vez más difícil de sostener.
En el mediano plazo, el riesgo es la consolidación de un orden hemisférico más jerárquico y menos cooperativo, en el que la proximidad geográfica no se traduzca en inclusión estratégica. La ausencia de una narrativa de integración —particularmente en Norteamérica— puede limitar el potencial de las cadenas productivas regionales y generar tensiones políticas crecientes.
Para México, el desafío será evitar quedar atrapado en el papel de zona tampón: absorber los costos de la seguridad, la migración y la deslocalización cercana sin acceder a una influencia proporcional en la definición de las reglas del juego.
Un giro civilizatorio con consecuencias hemisféricas
La NSS de 2025 no solo redefine la relación de Estados Unidos con el mundo, sino también la forma en que ese mundo es conceptualizado. Reduce la ambición internacional, recentra el hemisferio y redefine Occidente en términos culturales, más que políticos.
Para Europa, esto plantea interrogantes profundos sobre pertenencia y alineamiento. Para Latinoamérica —y de manera particularmente aguda para México— plantea una pregunta aún más incómoda: si la cercanía geográfica implicará integración estratégica o simplemente subordinación funcional.
Si Estados Unidos aspira a dominar su entorno inmediato sin integrarlo de manera genuina, corre el riesgo de reproducir las inseguridades que dice querer erradicar. Para México, navegar esta nueva etapa exigirá una diplomacia más estratégica, capaz de afirmar su centralidad sin aceptar pasivamente una relación definida exclusivamente en términos de contención y control.
Participación en Foreign Affairs Latinoamérica
La modernización del Acuerdo México–Unión Europea
Alejandra López de Alba / En las próximas semanas, el COMEXI dará a conocer el análisis “La modernización del Acuerdo Global México–Unión Europea”. Llega en un momento en el que México tiene una oportunidad clara: ampliar su horizonte internacional con una alianza que combina acceso a mercado, cooperación tecnológica y convergencia con las grandes transformaciones productivas del siglo XXI. El Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea ha de interiorizarse como una herramienta para constr
Alejandra López de Alba / En las próximas semanas, el COMEXI dará a conocer el análisis “La modernización del Acuerdo Global México–Unión Europea”. Llega en un momento en el que México tiene una oportunidad clara: ampliar su horizonte internacional con una alianza que combina acceso a mercado, cooperación tecnológica y convergencia con las grandes transformaciones productivas del siglo XXI.
El Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea ha de interiorizarse como una herramienta para construir capacidades nacionales. Su valor no está solo en el comercio, sino en lo que habilita: inversión con mayor certidumbre, colaboración en innovación, estándares que elevan productividad y una plataforma para que empresas mexicanas —incluidas pymes— se inserten mejor en cadenas globales de valor. En un entorno geopolítico más complejo, diversificar vínculos es, ante todo, una estrategia de fortalecimiento: sumar opciones para que México avance con más estabilidad y más autonomía de decisión.
Europa, además, está acelerando la transición verde y digital. Esto abre un espacio concreto para México: atraer proyectos en energías renovables, manufactura avanzada, economía circular, digitalización industrial y servicios basados en conocimiento. Con el acuerdo modernizado, el país puede convertir esa ventana en una ruta de crecimiento sostenido, conectando su base manufacturera con nuevas demandas europeas y elevando el contenido tecnológico de lo que producimos y exportamos.
La clave es aprovechar el acuerdo como palanca de política pública. Ratificarlo con celeridad y preparar su implementación con visión de resultados permitiría traducirlo en empleo formal, productividad y mayor sofisticación exportadora. Para ello conviene impulsar un paquete de implementación: acompañamiento a pymes para cumplir estándares y certificaciones; financiamiento y herramientas de inteligencia de mercado para su internacionalización; coordinación entre diplomacia económica y política industrial para atraer inversiones estratégicas; y una agenda de cooperación enfocada en talento, innovación y transición energética.
El análisis del COMEXI ayuda a colocar estas prioridades en la conversación pública: cómo convertir un instrumento internacional en una estrategia nacional. Si se ejecuta con ambición, el Acuerdo Global Modernizado puede ser más que un tratado: puede ser un puente hacia nuevas oportunidades globales, un impulsor de competitividad y un ancla de largo plazo para el México que queremos construir en un mundo cambiante.
Apostar por una relación más profunda con la Unión Europea no significa elegir entre socios; significa sumar capacidades. En esa lógica, la modernización del Acuerdo Global es una decisión con visión de Estado: suma capacidades, diversifica oportunidades y fortalece el presente y el porvenir de México.
Participación en El Sol de México
Por qué México no puede postergar su apuesta estratégica con Europa
Héctor Cárdenas / A pocas semanas de que el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales presente un nuevo análisis sobre la modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, vale la pena detenernos a reflexionar por qué este instrumento —negociado con paciencia durante casi una década— es hoy más relevante que nunca para la estrategia internacional y de desarrollo de México. El momento no es casual. México se encuentra en un entorno internacional marcado por una creciente fragme
Héctor Cárdenas / A pocas semanas de que el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales presente un nuevo análisis sobre la modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, vale la pena detenernos a reflexionar por qué este instrumento —negociado con paciencia durante casi una década— es hoy más relevante que nunca para la estrategia internacional y de desarrollo de México.
El momento no es casual. México se encuentra en un entorno internacional marcado por una creciente fragmentación geopolítica, tensiones comerciales recurrentes y un grado de incertidumbre inédito en su relación con Estados Unidos, su principal socio económico. En este contexto, avanzar con rapidez en la ratificación e implementación del Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea no es solo una buena noticia comercial: es una decisión estratégica de primer orden para diversificar riesgos, fortalecer alianzas y ampliar el margen de maniobra internacional del país.
El análisis que COMEXI dará a conocer pone el acento en un punto central: la modernización del Acuerdo Global no debe entenderse como una mera actualización técnica de un tratado vigente desde el año 2000, sino como una herramienta integral de política exterior y desarrollo económico. El nuevo acuerdo articula de manera más ambiciosa sus tres pilares —diálogo político, cooperación y comercio— incorporando compromisos en sostenibilidad, transición energética, digitalización, inversión, derechos laborales y cooperación tecnológica, en línea con los grandes ejes de transformación de la economía global.
Desde la perspectiva mexicana, los beneficios potenciales son significativos. El acceso ampliado y modernizado al mercado europeo —el mayor bloque económico del mundo—, la eliminación progresiva de aranceles para una proporción sustantiva de bienes agroalimentarios e industriales, la apertura de oportunidades en compras públicas y el fortalecimiento de la protección a las inversiones crean condiciones favorables para una inserción más sofisticada de México en cadenas globales de valor. Estas oportunidades son particularmente relevantes en sectores estratégicos como energías renovables, manufactura avanzada, digitalización industrial, biotecnología y economía circular, donde Europa busca socios confiables y de largo plazo.
Pero el análisis de COMEXI es claro en subrayar que el verdadero valor del Acuerdo Global Modernizado va más allá de las cifras comerciales. En un contexto de tensiones geoeconómicas, el acuerdo refuerza la proyección internacional de México como un actor comprometido con el multilateralismo, el Estado de derecho, el comercio basado en reglas y el desarrollo sostenible. Al profundizar su relación con la Unión Europea, México envía una señal inequívoca de diversificación estratégica y de apuesta por alianzas equilibradas con distintos centros de poder, sin abandonar —pero sí complementando— su estrecha integración con América del Norte.
Esta dimensión estratégica cobra especial relevancia ante la volatilidad que caracteriza hoy la relación México–Estados Unidos. Sin caer en lecturas dramáticas ni en falsas disyuntivas, el análisis señala que reducir vulnerabilidades externas pasa necesariamente por ampliar y consolidar otros vínculos de alta densidad económica y política. La Unión Europea aparece, en este sentido, como un socio natural y subutilizado, con el que México comparte valores, intereses de largo plazo y una historia de cooperación que cumple ya 25 años bajo el marco del Acuerdo Global.
Ahora bien, el documento también advierte sobre los riesgos de la inacción. El proceso de ratificación —complejo por la naturaleza mixta del acuerdo en el ámbito europeo— exige una estrategia diplomática activa y coordinada. Otros países de América Latina han avanzado con mayor rapidez en sus acuerdos con la Unión Europea, lo que incrementa la competencia por inversiones, proyectos estratégicos y acceso preferencial al mercado europeo. Para México, postergar decisiones o minimizar la importancia política del proceso implicaría perder una ventana de oportunidad difícil de recuperar.
De ahí que uno de los mensajes centrales del análisis sea la necesidad de actuar con sentido de urgencia. Acelerar la ratificación en el Senado mexicano, fortalecer las capacidades institucionales para la implementación, acompañar a las pymes en su proceso de internacionalización y articular mejor la diplomacia económica con una política industrial moderna son condiciones indispensables para traducir el acuerdo en resultados tangibles. Sin estos esfuerzos, el Acuerdo Global Modernizado corre el riesgo de quedarse en el papel.
En este contexto, la decisión de COMEXI de elaborar y difundir este análisis adquiere una relevancia particular. Fiel a su vocación como espacio plural, independiente y de reflexión estratégica, COMEXI busca colocar el debate sobre la relación México–Unión Europea en el centro de la agenda pública y de la toma de decisiones. Este documento no solo sintetiza los beneficios y desafíos del acuerdo, sino que propone líneas de acción concretas para maximizar su impacto en la economía y la proyección internacional de México.
En las próximas semanas, COMEXI estará difundiendo ampliamente este análisis entre actores clave: responsables de política pública, legisladores, sector empresarial, academia y aliados internacionales. La intención es clara: contribuir con evidencia, análisis riguroso y visión de largo plazo a una discusión que será determinante para el futuro posicionamiento de México en el mundo.
La modernización del Acuerdo Global con la Unión Europea representa una oportunidad estratégica que México no puede darse el lujo de postergar. En un entorno internacional incierto, apostar por alianzas sólidas, diversificadas y basadas en valores compartidos es una señal de madurez y de visi��n de Estado. Con este nuevo análisis, COMEXI reafirma su compromiso de seguir impulsando la reflexión estratégica sobre los grandes temas de la política exterior mexicana y de aportar insumos útiles para la toma de decisiones en un momento clave para el país.
Participación en La Silla Rota
México 2026: futuro, energía y nación
Javier Jileta-Okholm / El Mundial de 2026 es la mayor oportunidad en décadas para que México muestre al mundo una nueva identidad: un país que sabe planear, ejecutar y gobernar con visión. No es un torneo: es un acto de Estado que permitirá exhibir instituciones sólidas, cohesión social y un renovado sentido de identidad nacional, más allá de las marcas país. Bajo el liderazgo de la primera presidenta, este momento puede elevar la autoestima colectiva y proyectar un México que apuesta por la jus
Javier Jileta-Okholm / El Mundial de 2026 es la mayor oportunidad en décadas para que México muestre al mundo una nueva identidad: un país que sabe planear, ejecutar y gobernar con visión. No es un torneo: es un acto de Estado que permitirá exhibir instituciones sólidas, cohesión social y un renovado sentido de identidad nacional, más allá de las marcas país. Bajo el liderazgo de la primera presidenta, este momento puede elevar la autoestima colectiva y proyectar un México que apuesta por la justicia, la igualdad y la presencia decisiva de las mujeres en la vida pública. Hay que recordar que, en décadas, no hemos tenido un gobierno con tal legitimidad emanado del sufragio popular. Si bien hay quienes se oponen, la legitimidad del gobierno también les beneficia para posicionarse en su quehacer diario y, sobre todo, en el hacer negocios, lo que suma al relato del nuevo México con Justicia.
Esta vitrina global coincide con otra transformación profunda: el replanteamiento energético. México llega a 2026 con un sistema energético que se está reconfigurando y que ha replanteado su objetivo más allá de la maximización de utilidades. Fukuyama lo dice claramente: el modelo neoliberal casi mató a la democracia liberal. Distanciarnos es señal de salud mental.
Los ejes de soberanía, seguridad y justicia energéticas se equiparan a las visiones y planeaciones de largo plazo de países como el Reino Unido, Francia e incluso China. Ante todo cambio de paradigma, existen procesos de ajuste. Los inversionistas y actores lo saben, lo viven a diario en múltiples países y jurisdicciones. Estratégicamente, es conveniente cuestionar todo, sin embargo, es momento de encontrar el punto medio donde se reconozca la planeación vinculante y la visión de Estado.
La visión que interpreto de la 4T se enfoca en apostar por replantear la energía en términos de justicia y prioridad. No es lo mismo un MW gastado en una actividad que tiene efectos multiplicadores en la creación de riqueza, que uno estéril virtual. Esto habla de una visión donde regresamos a la planeación de largo plazo que, en realidad, se perdió incluso antes de la reforma de 2013.
Durante este Mundial, tener acciones clave simbólicas, desde el Juego de Pelota en eventos colectivos masivos y llamativos globalmente, hasta ejercicios de civismo nacionales para quienes nos visitan, permite presentar nuestro México, el de todos, con un rostro unido. En otras palabras, la visión presidencial tiene una oportunidad irrepetible de condensar en mensajes clave que reviertan opiniones y sumen a escépticos hacia la nación que emanó del voto popular legítimo el año pasado.
Se trata de mostrar al mundo nuestra esencia cultural a través de todas las herramientas que tenemos para consolidar una posición que se ha visto reducida globalmente. No porque México deje de hacer esfuerzos, sino porque muchos otros países han desplegado campañas culturales y diplomáticas coordinadas, altamente efectivas, para posicionarse en el imaginario global. Sin estos procesos de generación de símbolos, narrativas y discursos, habremos perdido la oportunidad de consolidar todo el apoyo global que necesita nuestro país para sacar adelante los ambiciosos planes de transformación y delinear nuestra soberana y exuberante esencia cultural.
México llega a 2026 con una identidad renovada, una presidenta que redefine prioridades nacionales y diseña un sistema productivo justo. Es momento de codificarlo como hacían nuestros ancestros: en la multiplicidad de códices que realizaban para, así, garantizar el legado mexicano en el imaginario de la colectividad global.
El mundial es más que un evento multitudinario de alegría y compañerismo global: es un faro que proyecta la luz de prosperidad y la nueva mexicaneidad.
Participación en El Economista
STARTUPS EN ECONOMÍAS EMERGENTES COMO MÉXICO
Kenjiro Juárez Las startups verdes (ClimaTech) integran la sostenibilidad en sus modelos. Los sectores clave que dominan este espacio incluyen la energía, la gestión de residuos y la agroalimentación. La innovación a menudo depende de tecnologías complejas o “tecnologías duras”, especialmente en el sector energético, como robótica, sensores, tecnologías de energía limpia y biotecnología, que requieren inversiones intensivas en investigación y desarrollo (I+D). Sin embargo, la innovación tambi
Kenjiro Juárez
Las startups verdes (ClimaTech) integran la sostenibilidad en sus modelos. Los sectores clave que dominan este espacio incluyen la energía, la gestión de residuos y la agroalimentación.
La innovación a menudo depende de tecnologías complejas o “tecnologías duras”, especialmente en el sector energético, como robótica, sensores, tecnologías de energía limpia y biotecnología, que requieren inversiones intensivas en investigación y desarrollo (I+D).
Sin embargo, la innovación también es cada vez más digital. Tecnologías digitales como la Inteligencia Artificial (IA), blockchain y el Internet de las Cosas (IoT) son componentes críticos de la “doble transición” necesaria para la acción climática, optimizando la eficiencia, garantizando la transparencia en la cadena de suministro y promoviendo resultados sostenibles. A pesar de su enorme potencial, las startups verdes enfrentan obstáculos significativos. Los altos costos iniciales de capital para I+D y la infraestructura ecológica representan una barrera importante. Muchas caen en el “valle de la muerte”, la brecha crítica entre la investigación inicial y la comercialización, donde las limitaciones de financiación provocan el fracaso de muchas empresas.
Los análisis sugieren que las startups verdes tienen menos probabilidades de obtener financiación de capital de riesgo (VC) en la etapa inicial en comparación con sus pares no verdes. Sin embargo, en general, son más propensas a obtener financiación de VC y significativamente más propensas a recibir fondos de subvenciones. Los instrumentos de apoyo público, como las subvenciones, son especialmente efectivos para promover la innovación enfocada en el medio ambiente, ya que atraen más inversión privada. Crear un ecosistema favorable requiere esfuerzos coordinados de inversores, gobiernos y organizaciones internacionales de desarrollo para reducir riesgos e incentivar el crecimiento.
En este dinámico panorama global, las economías emergentes de América Latina (LATAM) están dando un paso adelante. México es el segundo mercado de startups más grande de América Latina, sólo por detrás de Brasil. La innovación que ocurre aquí es crucial, ya que representa una solución poderosa para los desafíos que enfrenta el país. El centro principal de México, la Ciudad de México, es un centro de innovación en rápida expansión, que combina una rica energía cultural con un creciente talento tecnológico. Se encuentra en el rango #31-40 del Ranking de Ecosistemas de Startups Emergentes 2025 y ocupa la posición #2 en América Latina en factores clave de éxito: financiación, talento y experiencia, y desempeño. El ecosistema de startups de México muestra fortalezas sectoriales específicas que se alinean estrechamente con la transición global hacia la sostenibilidad:
Agtech y nuevos alimentos: La Ciudad de México es un centro de Agtech. En 2024, las startups del sector recaudaron $600 millones, utilizando IA, IoT y blockchain para la eficiencia de la cadena de suministro.
Fintech: En 2024, las fintechs mexicanas recaudaron $2.2 mil millones, lo que representa el 74% de la financiación de VC del país. Aproximadamente el 68% de estas fintechs utilizan IA.
Cadena de suministro y logística: El mercado de carga y logística de México alcanzó $116.9 mil millones en 2024. Proyectos como la expansión del Puerto de Manzanillo por $3.07 mil millones fortalecen el papel logístico clave de México.
Estas fortalezas sectoriales se ven reforzadas por ventajas geopolíticas significativas. La ubicación estratégica de México en el corazón de las Américas, combinada con acuerdos comerciales favorables como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), proporciona a las empresas extranjeras un acceso preferencial a los mercados globales. Además, México obtuvo la primera posición entre los mercados latinoamericanos en disponibilidad de talento calificado en el Ranking Mundial de Talento IMD 2024.
El ecosistema de startups de México, marcado por fuertes resultados de innovación y una posición estratégica en sectores alineados con la sostenibilidad como Agtech y logística, está preparado para desempeñar un papel vital en la transición verde global. El apoyo continuo de políticas específicas, mejoras institucionales e inversiones dedicadas es clave para garantizar que este mercado emergente alcance su máximo potencial como motor de crecimiento económico sostenible.
Participación en El Sol de México
CHINA GANÓ LA PARTIDA... POR AHORA
Héctor Cárdenas El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur marcó una pausa, no una paz. El llamado acuerdo marco alcanzado en octubre busca reducir tensiones después de meses de amenazas de nuevos aranceles, controles de exportación y restricciones sobre tierras raras. Pero más que un pacto sustantivo, es una tregua táctica: una forma de comprar tiempo. Y, en esta jugada, China ha demostrado una vez más su capacidad de maniobra frente a un Estados Unidos que parece más react
Héctor Cárdenas
El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur marcó una pausa, no una paz. El llamado acuerdo marco alcanzado en octubre busca reducir tensiones después de meses de amenazas de nuevos aranceles, controles de exportación y restricciones sobre tierras raras.
Pero más que un pacto sustantivo, es una tregua táctica: una forma de comprar tiempo. Y, en esta jugada, China ha demostrado una vez más su capacidad de maniobra frente a un Estados Unidos que parece más reactivo que estratégico.
Beijing ofreció lo mínimo indispensable —suspender por un año sus amenazas de restringir exportaciones de minerales críticos y aumentar compras de productos agrícolas estadounidenses— a cambio de concesiones significativas de Washington: una reducción de aranceles, la suspensión de nuevas sanciones tecnológicas y el congelamiento de investigaciones comerciales. Todo esto sin tocar los temas de fondo: el apoyo chino a Rusia, el exceso de capacidad industrial, ni el control de TikTok.
Es decir, Xi ganó una desescalada sin ceder terreno estructural. Aseguró acceso a mercados y tiempo para reorganizar sus cadenas de valor mientras mantiene su influencia en los sectores críticos —energía, minerales, tecnología— donde Estados Unidos depende de insumos chinos. En cambio, Trump obtuvo alivio temporal en los precios agrícolas y un titular favorable para su base electoral, pero no una victoria estratégica.
China llega a esta tregua con fortalezas notables:
Una economía aún en expansión, capaz de dirigir inversión estatal hacia sectores tecnológicos clave.
Control casi monopólico en el procesamiento de minerales críticos.
Capacidad diplomática para dividir a sus adversarios, ofreciendo acceso preferencial o inversión selectiva en Asia, África y América Latina.
Pero también con vulnerabilidades: un mercado interno que desacelera, tensiones demográficas y la necesidad de sostener el empleo industrial y la confianza del Partido Comunista en medio de un entorno global más hostil. Aun así, Xi ha convertido esas debilidades en incentivos para diversificar mercados y fortalecer la autosuficiencia tecnológica.
Estados Unidos, en cambio, se muestra no solo sensible sino vulnerable. Su dependencia de las cadenas de suministro chinas sigue siendo alta, y su política exterior se ha vuelto cada vez más transaccional. La obsesión de Trump con los aranceles y su maltrato a aliados tradicionales —desde Europa hasta Japón, México y Canadá— y países que se han resistido a entrar en la órbita de Beijing —India y Brasil— han debilitado la red de alianzas que históricamente le dio a Washington ventaja frente a cualquier rival.
El acuerdo en Corea del Sur no resuelve esa fragilidad; apenas la disimula. Sin embargo, sería un error considerar que Estados Unidos está acabado. Si la próxima administración —o incluso Trump mismo, si logra recalibrarse— reorienta su energía hacia la reconstrucción de alianzas, la inversión en innovación y la coherencia estratégica, el poder estadounidense puede renovarse. La historia reciente muestra que su capacidad de recuperación es extraordinaria.
En resumen, el encuentro Trump-Xi no redefine el equilibrio global; solo lo pospone. China ha ganado el primer asalto de esta nueva guerra de posiciones. Pero la partida sigue abierta, y dependerá de si Estados Unidos logra recordar que su mayor fuente de poder nunca fueron los aranceles, sino las alianzas.
Participación en El Sol de México
IMAGEN DE MÉXICO COMO PAÍS DESLEAL
Horacio Saveedra En la Unión Americana se extendió la idea de que sus socios traicionaron y burlaron su confianza. Ya no son el buen vecino o aliados comerciales. Quizá los más cercanos han sido los más confundidos y los más obtusos en reaccionar. México ha sido presentado como un compañero desleal en la opinión pública de EU. La queja vibra en Washington y los 50 estados de la Unión, si bien no es absoluta. Apela a abusos comerciales, tráfico de drogas, irresponsabilidad en seguridad, visas d
Horacio Saveedra
En la Unión Americana se extendió la idea de que sus socios traicionaron y burlaron su confianza. Ya no son el buen vecino o aliados comerciales. Quizá los más cercanos han sido los más confundidos y los más obtusos en reaccionar. México ha sido presentado como un compañero desleal en la opinión pública de EU.
La queja vibra en Washington y los 50 estados de la Unión, si bien no es absoluta. Apela a abusos comerciales, tráfico de drogas, irresponsabilidad en seguridad, visas de trabajo y hasta becas mal usadas. “Muerte hecha en México: traficantes van con fentanilo”, reflejó un titular del periódico Los Angeles Times a finales de 2019. “Europa es disfuncional hoy” apreció el Vicepresidente J.D. Vance.
Compañeros históricos han sido hostigados con aranceles comerciales. Canadá, México y la Unión Europea son los más visibles. Los canadienses fueron sancionados con un 10% en energía y 35% en todos los productos fuera del T-MEC, por el supuesto cruce de estupefacientes químicos. Los mexicanos recibieron 25% en todo lo que no está contemplado en el acuerdo trilateral. El Presidente Trump anunció que “tarifa (tariff) es la palabra más bella del diccionario”.
La Unión Europea y la OTAN han sido acusadas de abusar del financiamiento estadounidense en seguridad. A mediados de 2025, la UE obtuvo un 15% de aranceles en la mayoría de sus exportaciones a Estados Unidos, además la Casa Blanca afirmó que mantendría cargas del 50% en acero, aluminio y cobre europeos.
Uno de los errores de los socios más cercanos de EU es suponer que el conyugue que tenían tras la segunda Guerra Mundial es el mismo. Sus intereses e identidades cambiaron. La Unión Americana tiene hoy otro perfil demográfico, económico y político, que no es necesariamente el de la democracia liberal de antaño.
Se suele pensar que las únicas preocupaciones acerca de la nación mexicana son materiales, empleos, migración o violencia, mas hay un gran contenido emocional. Los mexicanos no ayudan al sueño o “sentimiento americano de negocios”. México sería desleal porque genera pobreza en lugar de un crecimiento de Norteamérica. Canadá debiera ayudar también.
En los tres frentes, falta la empatía cultural de los años 90. Tras un cuarto de siglo del TCLAN, la población mexicana no ha acelerado su capacidad para comunicarse en inglés, una herramienta que le facilitaría el día a día con EU. Se ha demostrado, los migrantes anglohablantes comenten menos errores, infracciones y regularizan más rápido su residencia.
De este lado, sólo cerca del 5% de los mexicanos es angloparlante, lo que genera afectaciones reales. Este octubre, 5,000 choferes de transporte -que manejan entre México y EU- fueron suspendidos y perdieron la licencia porque no dominan el idioma, según la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga.
Estados Unidos es una gran economía, con problemas internos y según su sentir, espera ayuda de sus socios. ¿Cómo atender eso sin afectar el interés nacional propio? Urge difundir internacionalmente la “idea debilitada” de una Norteamérica de 3 países y de ventajas comunes. Para acercarse a la nueva sociedad norteamericana y sus miembros también importa hacerlo en inglés, sea con Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York o Vivek Ramaswamy, excandidato presidencial de origen indio.
Participación en El Economista
FINANZAS DESCENTRALIZADAS: PUERTAS ABIERTAS, NUEVAS BARRERAS
Mitzi Pineda Las finanzas descentralizadas (De Fi en inglés), se han instalado en la conversación pública reciente junto con el bitcoin y la inteligencia artificial. Aunque ya no son novedad, aun siguen siendo un proyecto un tanto lejano para la mayoría de nosotros. En esencia, las De Fi se presentan como un ecosistema financiero cuya principal característica es que son los propios usuarios quienes intercambian activos y ofrecen los servicios financieros (transferencias, seguridad, mantenimien
Mitzi Pineda
Las finanzas descentralizadas (De Fi en inglés), se han instalado en la conversación pública reciente junto con el bitcoin y la inteligencia artificial. Aunque ya no son novedad, aun siguen siendo un proyecto un tanto lejano para la mayoría de nosotros.
En esencia, las De Fi se presentan como un ecosistema financiero cuya principal característica es que son los propios usuarios quienes intercambian activos y ofrecen los servicios financieros (transferencias, seguridad, mantenimiento de la plataforma y servidores). No es un ambiente fácil de comprender, pues realmente parten de un ecosistema además de ajeno, fuera de las reglas y componentes tradicionales que conocemos: como la banca o las leyes.
Esta arquitectura trae ventajas evidentes. La primera es soberanía del usuario: al no existir una autoridad central, la custodia y el control de los activos recaen en quien los posee. La segunda es acceso: la participación no depende de un historial crediticio o de pertenecer al sistema bancario formal. Es decir, la puerta está abierta.
Pero aquí aparece el primer espejismo: abrir la puerta no equivale a remover barreras. Si las barreras a la entrada son conocimientos técnicos, exposición a alta volatilidad, riesgos de ciberseguridad y la posibilidad de perderlo todo por un error de custodia, entonces hemos trasladado a los individuos la carga que antes asumían los intermediarios regulados (soporte, seguros, cumplimiento normativo). La promesa de inclusión puede volverse una trampa por otras vías.
Aparte de los pro, también hay contras: no existe autoridad que pueda mediar entre usuarios. Sin una entidad que medie disputas o repare daños, los fraudes y hackeos son parte del riesgo sistémico del sector. A esto se suma una brecha de adopción: el universo de usuarios capaces de navegar llaves privadas, wallets, firmas y protocolos es menor, y más limitado que el de quienes “simplemente” usan internet o banca móvil.
Conviene ser precisos sobre el estado actual de uso. El caso de uso dominante de sigue siendo el intercambio de criptoactivos, con bitcoin y Ethereum como referentes. La utilidad social y la rentabilidad sostenible de estas aplicaciones dependerán, en buena medida, de que crezca una participación informada y de que los riesgos sean gestionados y entendidos con amplia participación y claridad.
Hay un ángulo que no puede perderse de vista: la inclusión con perspectiva de género. Si las De Fi quieren cumplir su promesa, debe cerrar las brechas que reproduce el mundo físico: acceso a formación técnica, redes, financiamiento y liderazgo. En ese sentido, vale mirar iniciativas que actúan donde más duele: SheFi, por ejemplo, abre su Cohort 16 para formar y acompañar a mujeres jóvenes en cripto y DeFi. No es filantropía; es estrategia. Un ecosistema con más diversidad es un ecosistema más seguro, más intuitivo y más robusto.
Las DeFi no son la panacea y distan mucho de abrir el sector financiero tan ampliamente como lo promete. Me parece que es un laboratorio con innovaciones valiosas y riesgos reales. Si queremos que más personas se integren al movimiento, es sumamente importante ampliar la alfabetización digital y financiera que no deje a nadie atrás. Solo entonces la puerta abierta conducirá a un sistema verdaderamente más amplio no a un pasillo de espejismos.
Participación en El Economista
HABLEMOS DE BIENES PÚBLICOS GLOBALES
Eduardo Tzili-Apango En un reciente artículo titulado “Las cuatro iniciativas globales constituyen un importante bien público internacional”, el embajador de China en México, Chen Daojiang, recordó que la cooperación internacional no es una opción moral, sino una necesidad práctica –algo que el mundo parece haber olvidado. En tiempos de crisis climática, inequidades económicas y tensiones geopolíticas, el destino común de la humanidad depende cada vez más de nuestra capacidad para producir y p
Eduardo Tzili-Apango
En un reciente artículo titulado “Las cuatro iniciativas globales constituyen un importante bien público internacional”, el embajador de China en México, Chen Daojiang, recordó que la cooperación internacional no es una opción moral, sino una necesidad práctica –algo que el mundo parece haber olvidado.
En tiempos de crisis climática, inequidades económicas y tensiones geopolíticas, el destino común de la humanidad depende cada vez más de nuestra capacidad para producir y proteger lo que los economistas e internacionalistas denominamos como “bienes públicos globales”.
¿Qué son los bienes públicos globales (BPG)? En términos simples, son aquellos bienes, procesos o dinámicas que benefician a todas y todos. A diferencia de los bienes privados –como una casa o un automóvil–, los bienes públicos globales son no excluyentes (nadie puede ser dejado fuera de su beneficio), no rivales (el hecho de que alguien los use no reduce su disponibilidad para otros), globales en su alcance (trascienden fronteras nacionales) e intergeneracionales (sus efectos se extienden al futuro).
El aire limpio, la estabilidad climática, la paz internacional, la salud pública y el conocimiento científico son ejemplos claros. Así, los BPG son bienes que, si se pierden o deterioran, afectan a todos; y si se fortalecen, todos ganan. Sin embargo, su naturaleza colectiva implica un desafío, pues nadie tiene el incentivo exclusivo de financiarlos o protegerlos, porque los beneficios se reparten globalmente. De ahí surge la conocida “tragedia de los comunes”, donde la falta de cooperación lleva al deterioro de lo que es del público, global en este caso.
Frente a este dilema, la comunidad internacional necesita Estados capaces y dispuestos a liderar la provisión de BPG. En las últimas décadas, China ha asumido un papel cada vez más activo en esta tarea. Las cuatro iniciativas promovidas por el presidente Xi Jinping –Iniciativa para el Desarrollo Global, Iniciativa para la Seguridad Global, Iniciativa para la Civilización Global, e Iniciativa para la Gobernanza Global (IGG)– son ejemplos de cómo un país puede traducir su poder económico y diplomático en propuestas concretas de cooperación para el bien común.
Estas iniciativas no sólo buscan promover la paz o la prosperidad, sino también ofrecer una alternativa al enfoque competitivo que domina la política internacional. La lógica de estas se basa en el reconocimiento de que los grandes desafíos del siglo XXI –desde el cambio climático hasta la regulación tecnológica– no pueden resolverse de manera unilateral. En este sentido, China plantea una visión de gobernanza global centrada en la equidad, la inclusión y la interdependencia, donde el desarrollo y la seguridad no son privilegios nacionales, sino derechos compartidos.
Por supuesto, esta visión genera debates y tensiones. Algunos países interpretan la expansión del papel de China como una estrategia de influencia, mientras que otros ven en ella una oportunidad para diversificar las fuentes de liderazgo mundial. Lo cierto es que, en un sistema internacional marcado por la fragmentación y el retorno del nacionalismo, cualquier actor que impulse la cooperación merece ser escuchado.
Así, hablar de bienes públicos globales es hablar del futuro mismo del planeta. Si el mundo logra transitar de la competencia hacia la corresponsabilidad, si la innovación tecnológica y la economía se orientan a sostener la vida y no sólo el lucro, habremos dado un paso decisivo hacia un orden más estable y humano.
En el fondo, el mensaje del embajador Chen es un recordatorio de que la humanidad aún tiene la capacidad de construir bienes comunes universales. Pero, para hacerlo, necesitamos más diálogo, más cooperación y menos desconfianza. Los bienes públicos globales no se heredan ni se producen solos; se construyen, se cuidan y se comparten.
Participación en El Sol de México
EL CONOCIMIENTO BAJO LOS ESCOMBROS: LA RESISTENCIA EDUCATIVA PALESTINA
Yu Chen En la Franja de Gaza, estudiar se ha convertido en un acto de valentía y de resiliencia. Más de 645 mil niños permanecen sin clases desde octubre de 2023. Por los bombardeos, las escuelas fueron destruidas, convertidas en refugios o cerradas por completo. Según la UNESCO, más del 95% de los edificios escolares necesitan rehabilitación o reconstrucción. Aun así, la educación persiste, como una llama que se rehúsa a apagarse, porque para el pueblo palestino, aprender no es solo un derech
Yu Chen
En la Franja de Gaza, estudiar se ha convertido en un acto de valentía y de resiliencia. Más de 645 mil niños permanecen sin clases desde octubre de 2023. Por los bombardeos, las escuelas fueron destruidas, convertidas en refugios o cerradas por completo. Según la UNESCO, más del 95% de los edificios escolares necesitan rehabilitación o reconstrucción.
Aun así, la educación persiste, como una llama que se rehúsa a apagarse, porque para el pueblo palestino, aprender no es solo un derecho, es una forma de existir y de lucha.
En un territorio donde las aulas son escombros, los libros se convierten cenizas y los maestros son objetivo de ataques, la enseñanza adquiere un significado distinto. No se trata solo de transmitir conocimiento, sino de preservar la memoria, la identidad y la esperanza. Cada cuaderno rescatado entre ruinas, cada maestro que enseña bajo una tienda improvisada, cada niño que escribe a la luz de una vela, son gestos de resistencia que desafían la lógica de la guerra.
Más de 45 mil niños de seis años no pudieron comenzar el nuevo ciclo escolar. La infancia palestina está creciendo sin pupitres, sin pizarrones y, a veces, sin familia. En los refugios se organizan clases; en las mezquitas se comparten lecturas; en los espacios digitales, cuando hay electricidad, los jóvenes intentan seguir conectados. En Gaza, el conocimiento se transmite de boca en boca, de memoria en memoria, como si enseñar fuera también una forma de salvarse.
La destrucción del sistema educativo palestino no es un daño colateral: es una estrategia que hiere el futuro. La ONU ha advertido sobre el scholasticide, la destrucción sistemática del saber, como una de las consecuencias más graves del conflicto. Porque cuando se destruyen escuelas, no solo se pierde infraestructura: se destruyen proyectos de vida, se interrumpe el pensamiento crítico, se anula la posibilidad de imaginar otro mañana.
Aun así, la educación palestina sobrevive. Es resistencia cultural y acto político. Es una afirmación de identidad frente a quienes buscan borrar la historia de un pueblo. En Gaza, estudiar es decir aún existo. Enseñar es afirmar “no me rindo”. Y aprender, en medio de la guerra, es la más poderosa forma de esperanza.
Mientras el mundo mira los escombros, miles de niños buscan una libreta; los maestros vuelven a trazar letras sobre una pared destruida; las familias siguen repitiendo a sus hijos: “sí puedes aprender”. Esa insistencia es un grito silencioso, una forma de resistencia que no necesita armas para ser poderosa.
Porque incluso cuando las bombas callan las voces, las niñas y los niños en Palestina siguen demostrando que el conocimiento también puede ser una forma de libertad, aun en situaciones de hambre y destrucción.
La resiliencia puede mostrarse de muchas formas, pero la educación y el pensamiento crítico, siempre serán los más poderosos.
Participación en La Silla Rota
COP 30: HACIA LAS EMISIONES CERO
Anáhuac / Alicia Gutiérrez González La Conferencia de las partes (COP) se llevará a cabo en la ciudad de Belém, Brasil, del 10 al 21 de noviembre de 2025. La pregunta es: ¿realmente se cumplirán los compromisos establecidos en 2015 tanto en la Agenda 2030 como en el Acuerdo de París de 2015? A 10 años de la firma de ambos instrumentos por la comunidad internacional, la respuesta es incierta, ya que la tendencia de los compromisos de los países muestra un claro declive. Según el informe sobre l
Anáhuac / Alicia Gutiérrez González
La Conferencia de las partes (COP) se llevará a cabo en la ciudad de Belém, Brasil, del 10 al 21 de noviembre de 2025. La pregunta es: ¿realmente se cumplirán los compromisos establecidos en 2015 tanto en la Agenda 2030 como en el Acuerdo de París de 2015?
A 10 años de la firma de ambos instrumentos por la comunidad internacional, la respuesta es incierta, ya que la tendencia de los compromisos de los países muestra un claro declive. Según el informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, solo el 17% de las 169 metas que contienen los 17 ODS están por cumplirse. Lo anterior tuvo mucho que ver con la pandemia de COVID-19 y con los conflictos armados y tensiones geopolíticas.
En lo que respecta al Acuerdo de París, los países deben aumentar su ambición climática presentando nuevas contribuciones determinadas a nivel nacional si se quieren cumplir con los 3 objetivos: mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 2°C, con esfuerzos para limitarlo a 1.5°C, incrementar las capacidades de adaptación y resiliencia y alinear los flujos financieros. Eso se traduce en reducir el calentamiento global basado en los enfoques de adaptación y mitigación.
Desgraciadamente, los países más desarrollados están financiando la industria fósil y armamentística y han ralentizado las transformaciones de la Agenda 2030. Además, siguen faltando mecanismos para proteger a las personas más vulnerables y los recursos económicos prometidos a los países del Sur Global siguen sin entregarse en su totalidad. Tampoco se han impulsado medidas para fomentar la economía circular y la democracia registró un mínimo histórico en 2024. Con datos del Banco Mundial, el 72.5% de la población mundial vive en países con derechos restringidos.
Las expectativas de tener una respuesta a la emergencia ambiental, es decir, a la crisis climática, a la pérdida de biodiversidad y a la contaminación atmosférica y oceánica, no se aprecian en el futuro inmediato. Si a esto se le agrega la crisis democrática, las amenazas contra la agenda feminista, los desplazamientos forzados a causa de las guerras y desastres naturales, la situación se torna poco favorable. Todos estos acontecimientos producen el círculo vicioso de pobreza, hambre y por ende, aumentan la brecha en las desigualdades sociales.
Parece que la comunidad internacional tiene puesta la mirada en la seguridad económica y energética y no en la seguridad humana o en la crisis climática. Mientras no se tenga un plan claro y vinculante que involucre a los gobiernos y a las empresas para cumplir con la transición justa y con la financiación climática, poco se logrará.
China y Estados Unidos son los países más contaminantes. El primero con un 30.7 % de las emisiones de CO2 mundial y el segundo con un 12.5 %, recordando que este ya no es parte del Acuerdo de París por segunda ocasión. La esperanza es que China se siga comprometiendo a disminuir sus emisiones de CO2 en la COP 30 y presione a otros países, incluyendo a los Estados Unidos para lograr los compromisos del 2015 en pro del bien común y trazar el camino hacia las emisiones cero.
Participación en El Economista
43 KM. QUE REDIBUJAN EURASIA
Rodrigo Labardini El Corredor de Zangezur, ahora denominado TRIPP (Trump Route for International Peace and Prosperity), de 43 kms. Redibuja a Eurasia. Respaldado por Turquía y Azerbaiyán, con oposición de Armenia e Irán, Rusia lo ve con nerviosismo, Europa y China actúan con cautela. No es una ferrovía local. Se integra al denominado Corredor Medio (Middle Corridor) que comunica a China con Europa, vía terrestre –evitando a Rusia en el trasiego de mercancías–. La diplomacia gestiona un corredor
Rodrigo Labardini
El Corredor de Zangezur, ahora denominado TRIPP (Trump Route for International Peace and Prosperity), de 43 kms. Redibuja a Eurasia. Respaldado por Turquía y Azerbaiyán, con oposición de Armenia e Irán, Rusia lo ve con nerviosismo, Europa y China actúan con cautela. No es una ferrovía local. Se integra al denominado Corredor Medio (Middle Corridor) que comunica a China con Europa, vía terrestre –evitando a Rusia en el trasiego de mercancías–. La diplomacia gestiona un corredor que promete prosperidad o genera grandes peligros. Se traza el futuro de la región.
El 8 de agosto, Armenia y Azerbaiyán adoptaron en Washington, D.C, EU, una declaración atestiguando que sus Cancilleres rubricaran el Acuerdo para Establecer la Paz y Relaciones Inter-Estatales. Contrario a mucha difusión mediática, no se firmó ni ratificó tratado alguno, y menos aún entró en vigor.
Un dato relevante es que ocurrió en Washington, no en Moscú. El imperio que una vez dictó cada movimiento en la región está siendo desplazado con efectos ampliados. Por 30 años, con apoyo de Rusia, Armenia ocupó militarmente 20% de territorio azerbaiyano.
En 2020, Azerbaiyán recuperó gran parte, en 2023 –con Moscú distraída en Ucrania– recobró la totalidad. Armenia presenció el cambio. Rusia no era más el garante que antes fue. Recordemos que, tras desaparecer la URSS en 1991, para 2006, nuevos oleoductos de Kazajistán y Azerbaiyán rompieron el monopolio ruso sobre hidrocarburos del Cáucaso. Para 2020, igual ocurrió con el gas. El patio trasero ruso se vuelve jardín de juegos.
Con TRIPP, Asia Central desarrolla vínculos logísticos y de transporte para ampliar el flujo de mercancías entre China y Europa. Armenia teme perder soberanía, ya que Azerbaiyán se unirá con su exclave Nakchiván, y de ahí con Türkiye —corredor que amenaza marginar a Rusia e Irán del comercio euroasiático.
En 2022, tras la Segunda Guerra de Karabakh, ante un posible Corredor, Irán, igualmente preocupado por lazos Azerbaiyán-Israel, batió tambores y efectuó agresivos ejercicios militares en frontera con Azerbaiyán. Irán rechaza TRIPP pues participará ni beneficiará en el intercambio, y señala que lo bloqueará —con o sin apoyo ruso— y no quede aislado de Armenia, no socave la integridad territorial de esta y menos permita presencia de tropas extranjeras cerca de sus fronteras.
El rubricado acuerdo de paz se logró porque Armenia y Azerbaiyán se sentaron sin presencia de terceros (sin Rusia, EU, la Unión Europea). Türkiye lo apoya plenamente —incrementará participación en comercio con mayor presencia en Asia Central. La Unión Europea confía no haya complicaciones para que el petróleo, gas, mercancías y energía fluyan hacia ella sin interrupción. China observa atenta para un mayor flujo de mercancías hacia Europa.
Por otra parte, Rusia busca mejorar la relación con Azerbaiyán. Putin admitió 9OCT que Rusia es responsable de derribar 25DIC2024 un avión comercial azerbaiyano que dejó 38 muertos. Añadió podría haber compensación, sin embargo, tras la debida investigación jurídica.
Con la declaración de Washington el capítulo ruso parece cerrarse, EUA muestra interés pero falta confirmar si habrá de plantarse claramente en el Cáucaso. Todo, porque dos países se pusieron de acuerdo tras una guerra de más de 30 años. Un significativo cambio de paradigma.
Participación en El Heraldo de México
MÉXICO ANTE LA NUEVA REVISIÓN DEL T-MEC: ENTRE LOS RETOS Y LAS OPORTUNIDADES
Francisco González La inminente revisión del T-MEC llega en un momento de alta tensión global. Estados Unidos busca fortalecer su posición comercial endureciendo aranceles y reglas de origen, mientras México intenta conservar su papel como socio estratégico en la región. En este entorno, el sector de autopartes —responsable de más del 20 % de las exportaciones nacionales y pieza esencial del entramado automotriz norteamericano— se coloca en el centro de la revisión. Frente a ello, el país en
Francisco González
La inminente revisión del T-MEC llega en un momento de alta tensión global. Estados Unidos busca fortalecer su posición comercial endureciendo aranceles y reglas de origen, mientras México intenta conservar su papel como socio estratégico en la región. En este entorno, el sector de autopartes —responsable de más del 20 % de las exportaciones nacionales y pieza esencial del entramado automotriz norteamericano— se coloca en el centro de la revisión.
Frente a ello, el país enfrenta una disyuntiva: preservar su integración con Estados Unidos y Canadá o reestructurar parcialmente su proveeduría global. Las autopartes no pueden trasladarse de un país a otro de la noche a la mañana; cada línea de producción requiere años de planeación, inversión y logística. Pretender reubicar fábricas o sustituir insumos de forma inmediata es, sencillamente, inviable. Por eso, México debe insistir en certidumbre, gradualidad y diálogo.
Sin embargo, también hay un lado luminoso. La electromovilidad y el desarrollo de software automotriz ofrecen una ventaja comparativa a México. Regiones como el Bajío y Occidente concentran talento joven y técnico, capaz de adaptarse a las nuevas demandas de digitalización y energía limpia. Esta transición podría convertirse en la gran oportunidad para reposicionar al país como líder en innovación dentro de la cadena automotriz de Norteamérica.
La colaboración con la Secretaría de Economía y la puesta en marcha de un programa de desarrollo de proveedores —que ya suma 55 empresas y busca incorporar 250 más en 2026— son pasos en la dirección correcta. Este esfuerzo, apoyado por Nafin, Bancomext y el Banco Mundial, permitirá sustituir progresivamente insumos importados y fortalecer la proveeduría local.
No obstante, la política comercial requiere sensibilidad: aplicar aranceles de manera indiscriminada podría perjudicar al consumidor final, elevando los precios de las refacciones y reduciendo la calidad. Por eso, el equilibrio entre proteger la industria y mantener la competitividad será el gran reto de esta revisión.
En este contexto, la certidumbre se vuelve un activo estratégico. Las decisiones de inversión no se toman en semanas, sino en años. Cada anuncio de una nueva planta o línea de producción refleja confianza en el entorno económico y político. México debe enviar una señal clara de estabilidad regulatoria y compromiso con la competitividad regional. Esto implica coordinación entre gobierno, industria y academia para impulsar innovación, energía limpia y talento técnico.
México no parte de cero ni de debilidad. Su red de talento, la experiencia acumulada en tres décadas de integración y su posición geográfica lo colocan como un actor indispensable. En un contexto de proteccionismo y reacomodo global, el país tiene la oportunidad de convertir la presión en estrategia: consolidar una industria de autopartes más tecnológica, sustentable y regionalmente fuerte. El reto es grande, pero también lo es la oportunidad de consolidar a México como el corazón productivo de Norteamérica.
Participación en El Economista
EL ECO DE LA FRONTERA
Sophia Huett El ruido era el mismo cada noche. Un rugido lejano, metálico, que sacudía las ventanas. En la casa de doña María, en una colonia del norte de Sonora, nadie sabía si era el tren o los disparos. Su hijo, Luis, de veintidós años, decidió irse “al otro lado” porque en el taller donde trabajaba ya no quedaban clientes: la carretera se volvió zona de nadie. En menos de dos años, el negocio cerró, el transporte subió de precio y los camiones dejaron de llegar por miedo a los bloqueos. L
Sophia Huett
El ruido era el mismo cada noche. Un rugido lejano, metálico, que sacudía las ventanas. En la casa de doña María, en una colonia del norte de Sonora, nadie sabía si era el tren o los disparos.
Su hijo, Luis, de veintidós años, decidió irse “al otro lado” porque en el taller donde trabajaba ya no quedaban clientes: la carretera se volvió zona de nadie. En menos de dos años, el negocio cerró, el transporte subió de precio y los camiones dejaron de llegar por miedo a los bloqueos.
Lo que parecía un problema lejano —las rutas del narco, el fentanilo, las armas— terminó vaciando una comunidad entera.
Por eso la relación con Estados Unidos en materia de seguridad sí importa, aunque a veces parezca una discusión entre cancillerías. Lo que se decide en una mesa binacional termina afectando la vida cotidiana: la seguridad en las calles, el empleo, la posibilidad de que un hijo encuentre futuro o de que una madre pueda dormir tranquila.
La violencia en México no ocurre en el vacío. Se alimenta del flujo constante de dinero, armas y drogas que cruzan la frontera en ambas direcciones: de un lado, las pastillas de fentanilo; del otro, los rifles de asalto y los dólares ilícitos. Interrumpir ese circuito es el sentido real de la cooperación.
Hoy esa cooperación atraviesa una nueva etapa. Misión Cortafuegos marcó un punto de inflexión: un acuerdo para frenar el tráfico de armas hacia México y fortalecer la inspección en puertos, aeropuertos y cruces fronterizos. Incluye rastreo balístico, intercambio de inteligencia y la extensión del sistema eTrace a los 32 estados. EU intensificó las revisiones en sus puntos de salida para evitar que el mismo mercado que abastece su consumo interno alimente la violencia en el sur.
A esto se suma el Grupo de Implementación de Seguridad México–EU, que revisa los avances en drogas, armas, finanzas ilícitas y robo de combustible. En sus primeros reportes se documentan más de 18 000 detenidos, 144 toneladas de droga —1.5 de fentanilo y más de dos millones de pastillas—, 9 600 armas decomisadas y 839 laboratorios clandestinos desmantelados. Son cifras que muestran resultados, pero también la escala del reto: cada decomiso es solo una parte visible de una red que se regenera y se adapta.
El cambio más profundo está en el método. Por primera vez, la cooperación se apoya más en inteligencia, trazabilidad y control financiero que en despliegue militar. Se cruzan bases de datos balísticas, se rastrean precursores químicos y se comparten patrones financieros. El objetivo ya no es capturar más, sino desmantelar las redes que sostienen al crimen.
Y nada de eso funciona sin confianza. Compartir información sensible o planear extradiciones exige creer que el otro país no filtrará ni manipulará lo que recibe. Esa confianza no se decreta: se construye con tiempo y resultados. Después de años de tensiones, hoy hay señales claras de cooperación renovada entre agencias civiles, militares y fiscales de ambos lados.
En paralelo, se reforzaron los mecanismos de inteligencia financiera y el intercambio aduanero para identificar embarques sospechosos. También se incorporó el robo de hidrocarburos como prioridad binacional y se modernizaron los sistemas de inspección con sensores químicos y rayos gamma que permiten combatir el contrabando sin afectar el comercio legítimo.
¿Por qué debería importarle todo esto a la gente? Porque cada arma que no cruza la frontera es un asalto menos en alguna ciudad; cada laboratorio desmantelado, una familia menos en riesgo; cada dólar ilícito rastreado, un golpe a la economía del crimen. Cuando México y Estados Unidos cooperan con respeto y confianza, los resultados no se miden en comunicados, sino en vidas protegidas.
Doña María lo sabe sin leer informes. Cada vez que su hijo la llama desde Tucson, le dice que sueña con volver sin miedo. Esa es la verdadera frontera: no la que divide países, sino la que separa el miedo de la esperanza. Y cruzarla solo será posible si ambos lados la cuidan juntos.
Participación en El Sol de México
LA DIGNIDAD DOCENTE… ¡SE DEFIENDE!
Mauro Abelar Castañeda Después de varias situaciones que se han venido suscitando en diferentes escuelas del Estado de México, con relación a difamaciones, extorsiones y maltratos sufridos por docentes de forma injustificada por parte de padres de familia, que, al no cumplir con su obligación de salvaguardar el derecho a la educación de sus hijos, prefieren agredir, violentar, extorsionar o difamar a los docentes y trabajadores de la educación de manera injustificada. Esto se ha convertido en
Mauro Abelar Castañeda
Después de varias situaciones que se han venido suscitando en diferentes escuelas del Estado de México, con relación a difamaciones, extorsiones y maltratos sufridos por docentes de forma injustificada por parte de padres de familia, que, al no cumplir con su obligación de salvaguardar el derecho a la educación de sus hijos, prefieren agredir, violentar, extorsionar o difamar a los docentes y trabajadores de la educación de manera injustificada.
Esto se ha convertido en el pan de cada día para los docentes en el Estado de México y en todo el país, por lo que la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología e Innovación de la LXII Legislatura del Congreso del Estado de México presidida por el Diputado Rigoberto Vargas Cervantes han propuesto una iniciativa de ley que permita salvaguardar a los docentes y a todo el personal que labora en instituciones educativas.
Dentro de la propuesta está que aquella persona que violente difame o extorsione a un trabajador de la educación, pueda recibir sanciones de 3 meses hasta 12 años de prisión dependiendo la gravedad, si esta propuesta de ley se logra concretar, sería uno de los recursos más valiosos e importantes que podría tener el magisterio mexiquense y un gran precedente para todo magisterio nacional.
La propuesta encabezada por el Diputado Rigoberto es un Proyecto de Decreto que busca garantizar el derecho a la integridad y seguridad personal de todas y todos los trabajadores de la educación de la Entidad, con miras a reconocer, proteger y fortalecer a dicho gremio, para ello se promueve la modificación de la Constitución Política del Estado Libre y Soberano de México, del Código Penal en la Entidad y la Ley de Educación del Estado de México.
Con esto, la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología e Innovación de la LXII Legislatura del Estado de México da un paso firme en la salvaguarda de los derechos de los trabajadores de la educación en el Estado de México, buscando garantizar espacios libres de violencia, no solo para los estudiantes, también para los trabajadores de la educación con el fin de armonizar los espacios escolares que permitan brindar un servicio educativo de excelencia y en el marco de la Nueva Escuela Mexicana, promoviendo la justicia social de manera coherente y sustentada.
Este acto podría ser un verdadero ejemplo de lo que los diputados locales y federales pueden gestionar, en materia educativa, en pro a un derecho a la educación más sustentable para todos sus actores, así como, el que se busque salvaguardar derechos en los trabajadores de la educación cómo el derecho a la vida, vivir en libertad y seguridad y el derecho a un trabajo digno y que se tengan condiciones adecuadas para el mismo.
Participación en La Silla Rota
UCRANIA EN ETAPA 7 DE LA DEMENCIA INTERNACIONAL
Aribel Contreras Se ha logrado avanzar en un plan de paz para Gaza ante 24 meses de debacle profunda entre Hamás e Israel gracias al involucramiento y presión directa de Estados Unidos, pero también gracias a la mediación de Egipto, Turquía y Qatar. Tres países árabes sin los cuales, ni Israel ni Estados Unidos hubieran logrado alcanzar el acuerdo. Aún quedan dudas e incógnitas sobre si será o no una paz duradera, pero al menos hay un tanque de oxígeno de buenas noticias. Ahora bien, se resuel
Aribel Contreras
Se ha logrado avanzar en un plan de paz para Gaza ante 24 meses de debacle profunda entre Hamás e Israel gracias al involucramiento y presión directa de Estados Unidos, pero también gracias a la mediación de Egipto, Turquía y Qatar. Tres países árabes sin los cuales, ni Israel ni Estados Unidos hubieran logrado alcanzar el acuerdo. Aún quedan dudas e incógnitas sobre si será o no una paz duradera, pero al menos hay un tanque de oxígeno de buenas noticias.
Ahora bien, se resuelve un conflicto, pero siguen otros donde algunos son más visibles que otros. Sin embargo, esto no es precisamente la paz a nivel internacional, es más ni siquiera estoy segura de que haya paz a nivel regional en Medio Oriente. Amplificando la imagen de un mapa de Europa, pongamos la mirada en Ucrania.
Hace veinte meses escribí sobre el “vulcanismo PUTINiano” ante la invasión rusa en Ucrania ya que la guerra avanzaba sin que se hiciera caso a las fumarolas lanzadas por Kyiv intentando poner a la conversación que dicha agresión no solo se trataba de un solo país sino de una erupción volcánica que flagela la paz y la seguridad internacionales. También he puesto a la conversación mediática de que Ucrania se encuentra entre el neocolonismo de dos neopopulistas y neoimperialistas, refiriéndome a Trump y Putin. Pero el calendario avanza y el tiempo no se detiene. Todo esto me lleva a pensar que estamos en una especie de demencia internacional con la guerra Rusia-Ucrania.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud la demencia es un término que engloba varias enfermedades afectando a la memoria, el pensamiento y la capacidad para realizar actividades cotidianas y consta de siete etapas. Me preocupa profundamente que se ha llegado a la última fase en un abrir y cerrar de ojos y no vemos la paz por ningún lado ni siquiera con un pestañeo. El pueblo ucraniano tiene muchas dudas de cómo sí se ha logrado un acuerdo de paz en Medio Oriente, pero en su país no. Mi reflexión es porque no ha sido suficiente la voluntad y la determinación de alguna de las partes.
Las etapas de la agresión rusa en territorio ucraniano se asimilan a las de la demencia.
Etapa 1: No hay deterioro cognitivo.
“Se diagnostica” a partir del siglo IX cuando Kyiv (la actual capital ucraniana) era el epicentro del primer Estado eslavo, creado por un grupo de escandinavos que se hacían llamar Rus. Este Estado medieval -que los historiadores llaman Kyivan Rus- fue el origen tanto de Rusia como de Ucrania.
Fase 2: Deterioro cognitivo muy leve.
La República Socialista Soviética de Ucrania se convirtió en miembro fundador de la Unión Soviética en 1922.
Fase 3: Deterioro cognitivo leve.
Ucrania occidental fue tomada finalmente por el líder soviético Iósif Stalin de Polonia al final de la Segunda Guerra Mundial.
Fase 4: Declive cognitivo moderado.
Desintegración de la Unión Soviética en 15 repúblicas. Ucrania logra su independencia en 1991.
Estadio 5: Deterioro cognitivo moderadamente grave.
Antes del 2014, todo parecía que podía existir una cohabitación de ideologías políticas opuestas en Ucrania y Rusia pero este último país decidió de manera unilateral anexarse Crimea.
Estadio 6: Deterioro cognitivo grave.
Aunque no hubo una declaración de guerra de Rusia contra Ucrania y bajo el paraguas de que la región de Donbás se identificaba más con la cultura rusa, el inquilino del Palacio del Kremlin decidió violar el derecho internacional al invadir el territorio ucraniano. Aquel 24 de febrero del 2022 quedará plasmada con sangre en todos los libros de las relaciones internacionales.
Estadio 7: Deterioro cognitivo muy grave.
La guerra puede terminar mucho peor de lo imaginable.
¿Será que veamos que la diplomacia hacia este conflicto ha fracasado como si fuera una enfermedad neurodegenerativa, es decir, que empeora con el paso del tiempo?
Participación en El Economista
¿CÓMO ENSEÑAR EL FUTURO EN AULAS DEL PASADO?
Andrea Navarro De La Rosa América Latina atraviesa una crisis educativa silenciosa, pero devastadora. Según la ONU, más de 234 millones de niños en el mundo no reciben educación de calidad, y una gran parte pertenece a nuestra región. En México, tres de cada diez personas aún viven en condiciones de pobreza (El País, 2025), y el IMCO advierte que la falta de salud, educación y nutrición suficientes limita el desarrollo humano de toda una generación. A cinco años de la pandemia, los efectos sig
Andrea Navarro De La Rosa
América Latina atraviesa una crisis educativa silenciosa, pero devastadora. Según la ONU, más de 234 millones de niños en el mundo no reciben educación de calidad, y una gran parte pertenece a nuestra región. En México, tres de cada diez personas aún viven en condiciones de pobreza (El País, 2025), y el IMCO advierte que la falta de salud, educación y nutrición suficientes limita el desarrollo humano de toda una generación.
A cinco años de la pandemia, los efectos siguen presentes: aulas que no se digitalizaron, programas obsoletos, docentes mal remunerados y estudiantes desmotivados. La OCDE señala que los jóvenes mexicanos no superan el nivel educativo de sus padres, rompiendo con la promesa del progreso intergeneracional. En un contexto donde la revolución tecnológica redefine el trabajo, millones de niños y adolescentes crecen sin las habilidades que el futuro exige: pensamiento crítico, competencias digitales y empatía.
Paradójicamente, mientras el mundo habla de la revolución tech 5.0, buena parte de los estudiantes latinoamericanos no tiene conexión estable a internet, ni acceso a dispositivos, ni espacios seguros para aprender. La brecha digital se ha vuelto una brecha social y emocional. Formamos jóvenes hiperconectados, pero sin dirección; rodeados de pantallas, pero con menos horizontes reales.
Sin embargo, entre los escombros surgen ejemplos luminosos. La escuela mexicana A Favor del Niño, ganadora del World’s Best School Prize 2025, demostró que una educación integral —basada en comunidad, salud, nutrición y acompañamiento familiar— puede romper ciclos de pobreza. En Brasil, la Escola Estadual Parque dos Sonhos transformó la violencia en convivencia y la desesperanza en participación. Ambos modelos prueban que la innovación educativa no siempre nace de la tecnología, sino de la empatía y el trabajo colectivo.
Frente a esta realidad, tres rutas son urgentes:
Reinvertir con visión de futuro: priorizar presupuestos en infraestructura, bienestar docente y conectividad.
Actualizar los contenidos: formar en habilidades humanas y tecnológicas sin caer en el culto al algoritmo.
Integrar comunidad y salud mental: porque ningún aprendizaje florece en entornos rotos.
Educar ya no puede ser solo instruir. Educar hoy es sanar, conectar y preparar a una generación que no solo sepa usar la tecnología, sino también entender su propósito.
Participación en El Sol de México
RUSIA EN GUERRA: INDUSTRIA, FUERZA Y UNA FOTO EN MOVIMIENTO
Alejandra López de Alba De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales Una guerra larga suele contarse con mapas y flechas, pero detrás late otra historia: fábricas encendidas a tres turnos, talleres que convierten materiales viejos en vectores para drones y una burocracia que aprieta tornillos a golpe de decreto. En Rusia, esa maquinaria —económica, industrial y humana— se ha vuelto protagonista silenciosa del conflicto en Ucrania. Aquí se propone una fotogr
Alejandra López de Alba
De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
Una guerra larga suele contarse con mapas y flechas, pero detrás late otra historia: fábricas encendidas a tres turnos, talleres que convierten materiales viejos en vectores para drones y una burocracia que aprieta tornillos a golpe de decreto. En Rusia, esa maquinaria —económica, industrial y humana— se ha vuelto protagonista silenciosa del conflicto en Ucrania. Aquí se propone una fotografía del estado actual de la industria militar y de la fuerza rusa, capturada a partir de tres miradas occidentales seleccionadas. Se reconoce, desde el inicio, el sesgo potencial de ese encuadre; aun así, se sostiene que comprenderlo es clave para anticipar los movimientos que pueden afectar el campo de batalla en los próximos meses. No se promete una verdad definitiva, sino una guía de lectura operativa.
De qué se parte
Este artículo se apoya en tres textos occidentales: el análisis de 2018 de Miguel Campos en el Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI); el estudio de julio de 2025 de Mathieu Boulègue para Chatham House, y la crónica analítica de Mariya Omelicheva en War on the Rocks, publicada en agosto de 2025. A partir de esas miradas —cada una con sus lentes y énfasis—, se ofrece una fotografía parcial, pero útil, del estado de la industria militar rusa y de sus capacidades de fuerza, con un objetivo práctico: entender cómo esas condiciones pueden traducirse en lo operativo y en los cambios sobre el teatro de guerra en Ucrania. No se pretende cerrar un debate, sino ordenar evidencias y trazar líneas de tendencia que ayuden a leer mejor un conflicto que sigue en movimiento.
Desde el comienzo, conviene precisar la metodología: no se improvisan datos propios ni insights de pasillo; se emplean interpretaciones consolidadas en tres fuentes que dialogan, a veces, desde posiciones distintas, dentro del mismo campo occidental, que ofrece una línea de base previa a la invasión; Boulègue actualiza el tablero bajo sanciones y economía de guerra, mientras que Omelicheva ilumina la arquitectura —cada vez menos excepcional— de las fuerzas irregulares normalizadas para sostener una guerra larga. Sobre esa triada se monta la fotografía, a sabiendas de que es solo un recorte del cuadro completo.
Industria y economía de guerra: una fábrica bajo “control manual”
La modernización militar de la década de 2010 se apoyó en el Programa Estatal de Armamentos 2011-2020: más adquisiciones, actualización de plataformas heredadas y una apuesta por la investigación y desarrollo que, vista desde los números, seguía por debajo de pares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. El diagnóstico de Campos, en 2018, ya anticipaba dos vulnerabilidades estructurales que serían determinantes más tarde: la dependencia de insumos extranjeros —en particular microelectrónica y maquinaria‑herramienta— y la fragilidad de la sustitución de importaciones tras 2014. El programa estatal de armamentos compró equipamiento y tiempo; no compró autonomía tecnológica.
Tras 2022, el complejo militar‑industrial se recentralizó por medio de la Comisión Militar‑Industrial y se consolidó alrededor de conglomerados como Rostec: menos competencia y transparencia, y más “control manual” del Kremlin en decisiones críticas. La fábrica funciona a tres turnos, pero la productividad no crece al ritmo del gasto. La fijación rígida de precios, la baja rentabilidad crónica, la deuda y la cautela bancaria dibujan un ecosistema capaz de producir más, no necesariamente mejor.
La Rusia que se asoma en esta foto ampliada es una potencia que ha demostrado resiliencia para sostener la guerra por desgaste.
La “conversión” hacia líneas civiles o de uso dual —bandera de modernización antes de 2022— quedó, en los hechos, en suspenso. El complejo militar industrial se alimenta de la urgencia bélica, pero reduce sus espacios para innovar con calma y transferir tecnología al resto de la economía. El resultado es un sobrecalentamiento visible en algunos segmentos (munición, reparación, drones) y un techo tecnológico que persiste en los eslabones finos —sensores, chips, motores, máquinas‑herramienta— donde las sanciones y la dependencia histórica pesan más. En pocas palabras: la industria resiste y escala por volumen; la innovación estructural se empantana.
En la economía política de guerra, el balance macro puede lucir “sano” por el tirón del gasto público, pero debajo laten inflación, presión salarial y falta de mano de obra calificada. Las plantas añaden turnos; entrenar y retener técnicos, ingenieros y operadores de calidad es otra historia. Las soluciones de corto plazo —remplazos de piezas, circuitos de importación grises, reconversión expedita de talleres— agregan resiliencia, pero también variabilidad en la calidad y en el ciclo de vida de equipos que luego deben operar en condiciones extremas.
Fuerza y empleo del poder: un ejército híbrido
Del lado de la fuerza, el patrón acompaña a la fábrica: volumen y resiliencia, con costos de coherencia. Se documenta la creciente institucionalización de lo irregular —empresas militares privadas, batallones regionales “voluntarios”, unidades penales de asalto como Storm‑Z, cosacos y reservas como BARS— como componente estructural del esfuerzo bélico. En distintos momentos, estas formaciones habrían representado una fracción relevante de las fuerzas terrestres en operaciones. El incentivo político se entiende: sostener el número sin convocatorias masivas y repartir costos internos; el costo militar también: líneas de mando superpuestas, entrenamiento desigual, disciplina irregular y fricciones en armas combinadas.
La institucionalización de ese mosaico avanza con mecanismos como el Dobrokor (Cuerpo de Voluntarios), que canaliza reclutamiento, contratos y prestaciones. Pero la formalización organizativa no borra de un plumazo la heterogeneidad táctica ni las lealtades cruzadas con patrocinadores regionales, empresas estatales u operadores de seguridad. En términos operativos, esto produce una fuerza capaz de sostener el desgaste y rotar personal en frentes de alta intensidad, a la vez que erosiona la profesionalización necesaria para maniobras complejas y operaciones profundas que requieren sincronicidad, confianza y doctrina compartida.
No todo es déficit. El dispositivo irregular, combinado con reservas regulares y herramientas de control interno, genera una elasticidad demográfica y política funcional en guerras largas. Bien encuadrado, produce unidades con experiencia valiosa en combate urbano, sabotaje y drones. Si esa experiencia se proyecta fuera del frente ucraniano, alimenta un repertorio de operaciones grises para las que la legislación y la disuasión occidentales todavía no ofrecen respuestas del todo afinadas.
Tecnología y aprendizaje: drones, guerra electrónica y “modularidad improvisada”
El vector tecnológico no se detuvo, pero se reorientó. En lugar de imaginar “superarmas”, se observa una secuencia de mejoras incrementales aplicadas con pragmatismo: proliferación de vehículos aéreos no tripulados (UAVs) de reconocimiento y ataque, expansión y sofisticación de la guerra electrónica, y ajustes finos en los sistemas de comando, control, comunicaciones, computadoras, inteligencia, vigilancia y reconocimiento (C4ISR) para negar capacidades enemigas. La apuesta consiste en conectar sensores relativamente baratos con tiradores cada vez más precisos a nivel táctico, bajo la cobertura de inhibidores, perturbadores y herramientas de suplantación de identidad (spoofing).
Ese ecosistema requiere menos laboratorios y más talleres con ingenio. Rusia —por herencia soviética, por necesidad y por redes de proveedores semiclandestinos— ha mostrado capacidad para una “modularidad improvisada”: adaptar cascos, blindajes, miras, antenas y enlaces de datos para tareas concretas en sectores concretos del frente, incluso si la plataforma base es vieja. El problema aparece un escalón más arriba, donde hacen falta saltos tecnológicos que requieren cadenas de valor más puras y estables: microelectrónica resistente, motores de nueva generación, sistemas ópticos avanzados, maquinaria de precisión. Ahí el tope persiste.
El efecto combinado de drones y guerra electrónica ha sido claro: el cielo táctico está “sucio” y densamente observado; la artillería actúa cada vez más como un servicio de precisión guiado por ojos baratos, y la maniobra a campo abierto pagado en cuotas. Ese ambiente favorece la defensa en profundidad y las operaciones de desgaste; penaliza, en cambio, las rupturas rápidas y las explotaciones profundas sin cobertura aérea sólida. Para un aparato que ha priorizado cantidad por sobre calidad en la generación de fuerza, esto ofrece una ventaja relativa, pero no un cheque en blanco.
Qué cambia en el frente ucraniano
Interpretar la fotografía industrial y organizativa en clave operativa permite señalar tres implicaciones:
Resiliencia de largo aliento
Con escalamiento selectivo de munición, reparación y drones, más una unidad irregular que alimenta las líneas, Rusia puede sostener una guerra de atrición a costos políticamente administrables. Esta resiliencia no se apoya en plataformas deslumbrantes, sino en la capacidad de recomponer pérdidas y mantener la presión a ritmo constante.
Calidad sin salto
Cuanto más dependa de fuerzas irregulares y de remplazos acelerados, más difícil será recomponer la coherencia doctrinal y la competencia de armas combinadas necesarias para operaciones que rompan la defensa enemiga y la exploten en profundidad. En un entorno saturado de sensores y drones, los errores se pagan rápido; la disincronía entre infantería, blindados y fuegos de apoyo suele ser más costosa que la ausencia de un “sistema estrella”.
Innovación táctica y barreras estratégicas
La ventaja —cuando aparece— se ancla en la adaptación táctica acumulada y en la integración fina de drones y guerra electrónica en escalas locales, no en “milagros” tecnológicos. Se anticipa un futuro de ciclos acelerados de innovación‑contrainnovación a nivel táctico, con avances que se erosionan conforme el rival aprende. El desafío consiste en traducir esa agilidad táctica en coherencia operacional sin la infraestructura tecnológica que suele sostenerla.
Para los adversarios, la lectura empuja a insistir en dos líneas: la explotación de fisuras en mando y control mediante operaciones que fuercen coordinación compleja en el rival, y la negación de áreas fuertes —artillería de precisión guiada por UAVs y guerra electrónica— mediante dispersión, engaño, movilidad y redundancia de enlaces. Para los aliados, se vuelve clave sostener flujos de munición y capacidades propias de guerra electrónica, así como acelerar el entrenamiento en armas combinadas que permita aprovechar ventanas de coordinación.
El tablero no se agota en Ucrania. La normalización de redes irregulares con experiencia urbana, de sabotaje y de drones, abre la puerta a un empleo externo más sistemático bajo coberturas “voluntarias” o comerciales. Más que un Wagner 2.0, se perfila un patrón: externalizar costos, diluir responsabilidades y operar en la penumbra de la atribución. A nivel regional e internacional, eso presiona marcos jurídicos y mecanismos de disuasión, y amplía la franja de grises donde la fricción puede crecer sin titularlo “guerra”.
Lo que conviene observar
Cuellos tecnológicos críticos
¿Se estabilizan cadenas de microelectrónica, óptica y maquinaria‑herramienta con calidad militar? Más allá del volumen, ahí se disputa la confiabilidad de sistemas que deben durar en el frente.
Finanzas del complejo industrial militar
¿Se alivian los balances de deuda y la estrechez de crédito, o el Estado debe cubrir más huecos con mecanismos adecuados? La respuesta dirá mucho sobre productividad y sobre el costo de la posguerra.
Arquitectura de fuerza
¿Dobrokor y BARS profundizan la integración de irregulares bajo cadenas de mando claras, o se multiplica la fragmentación? Menos fricción interna equivale a mayor capacidad de maniobra.
Ritmos de aprendizaje
¿Quién innova más rápido a nivel táctico —drones, EW, contramedidas— y, sobre todo, quién transforma esa innovación en efectos operacionales sostenidos?
Sesgos, relatos y método: leer con cuidado (y aun así leer)
Las fuentes consultadas son occidentales. Esto no invalida sus hallazgos, pero exige cautela. Puede haber sesgos de selección —qué se mira y qué no—, sesgos de énfasis —qué se subraya y qué se minimiza— y, en un contexto de guerra, agendas de comunicación estratégica que pueden colorear narrativas. La literatura sobre narrativas estratégicas recuerda que los actores compiten para definir “la” realidad y orientar conductas: lo que parece una descripción neutra no siempre lo es. Por eso aquí se habla de una fotografía parcial: válida, informativa y, al mismo tiempo, solo una parcialidad. La forma de reducir ese margen de error es triangular evidencia con peritajes técnicos, materiales forenses y, cuando sea posible, fuentes rusas no propagandísticas, para no confundir vidrio con espejos.
Con todo, la advertencia metodológica no debe llevar a la parálisis. Incluso con sesgos, estas tres lecturas ayudan a entender un escenario que, por su capacidad de arrastre, puede afectar la dinámica operativa en Ucrania: del ritmo de reposición de equipos al diseño de ofensivas; del papel de los drones al de la guerra electrónica, y de la elasticidad demográfica al gobierno de la fuerza. En política y en guerra, decidir con fotografías imperfectas es mejor que decidir a ciegas.
La Rusia que se asoma en esta foto ampliada es una potencia que ha demostrado resiliencia para sostener la guerra por desgaste: un complejo militar‑industrial que produce más sin resolver sus techos tecnológicos; una fuerza que ganó músculo numérico institucionalizando lo irregular al precio de su cohesión doctrinal, y una burocracia que centraliza para decidir rápido, pero que, al hacerlo, asfixia competencia e incentivos a innovar. La combinación rinde para resistir y erosionar, no necesariamente para romper y explotar con la contundencia que requieren las victorias operacionales decisivas. En el frente, eso se traduce en defensas profundas, ciclos acelerados de innovación táctica y un entorno enrarecido por drones y disturbios electromagnéticos; fuera del frente, en un menú más amplio de coerción externalizada y zonas grises.
La conclusión práctica, por ahora, es modesta pero exigente: si se busca anticipar mejor el movimiento del conflicto, conviene dejar de perseguir “momentos Sputnik” y concentrarse en la interacción entre una fábrica que sube el volumen con cuellos de botella, y una fuerza que compensa la falta de salto cualitativo con elasticidad organizativa y aprendizaje táctico. Ese pulso —más que los titulares— marca el ritmo de la guerra y orienta la próxima fotografía.
Escrito por: Alejandra López de Alba
Participación en Foreign Affairs Latinoamerica
CHAD - SUDÁN, LA FRONTERA OLVIDADA
Diego Gómez Pickering Con casi 1,400 kilómetros de longitud, la frontera entre Sudán y Chad es una de las más extensas en ese rincón del continente africano, una de las más áridas y por ende de las más pobres, aunque también, contradictoriamente, una de las más ricas, en minerales de alto valor mercantil como el oro y el cobalto, particularmente en torno a la región sudanesa de Darfur. Una frontera, sobre todo, invisible al resto del mundo, en donde se desarrolla la más grave crisis humanitaria
Diego Gómez Pickering
Con casi 1,400 kilómetros de longitud, la frontera entre Sudán y Chad es una de las más extensas en ese rincón del continente africano, una de las más áridas y por ende de las más pobres, aunque también, contradictoriamente, una de las más ricas, en minerales de alto valor mercantil como el oro y el cobalto, particularmente en torno a la región sudanesa de Darfur. Una frontera, sobre todo, invisible al resto del mundo, en donde se desarrolla la más grave crisis humanitaria de la actualidad, de acuerdo con la Organización de Naciones Unidas
Desde abril de 2023, como resultado de los sangrientos enfrentamientos entre el ejército regular sudanés y los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido, o RSF, por sus siglas en inglés, la nación africana está enfrascada en una interminable guerra que se ha saldado, con particular saña, con la población civil del país. Según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, 4 millones de sudaneses han huido de Sudán para escapar de la espiral de violencia, alrededor de 1 millón de ellos, en su abrumante mayoría mujeres y menores de edad, la han hecho al vecino Chad.
Con un producto interno bruto de cerca de 20 mil millones de dólares, de acuerdo a estimaciones del Banco Mundial, Chad es, junto a Níger y la República Centroafricana, ambos dos también vecinos, uno de los países más pobres del continente. La llegada masiva de refugiados sudaneses a sus tradicionalmente paupérrimas y abandonadas provincias orientales ha generado a lo largo del último año y medio una creciente presión social, económica y política en la antigua colonia francesa.
Un informe dado a conocer en abril de este año por parte del reconocido centro de investigación geopolítica International Crisis Group al respecto de la situación en la frontera entre Chad y Sudán, indica que la población de la provincia chadiana de Ouaddaï, vecina a Sudán, se ha incrementado en cerca de 60% durante los últimos dos años a raíz del inesperado arribo de cientos de miles de refugiados sudaneses. La ONU afirma que, en promedio, 1,400 sudaneses cruzan la frontera entre ambos países diariamente. Una situación que está llevando al Chad, un país con recursos sumamente escasos, al límite, generando enfrentamientos entre la población local y la población refugiada y aumentando peligrosamente la presión sobre el delicado acceso al agua, al alimento y al combustible en la región.
La frontera entre Chad y Sudán es la protagonista de la mayor crisis humanitaria de nuestros días, una de las crisis quizá más ignoradas e invisibles para el mundo y, sin embargo, una de las que más requiere de su inmediata acción y asistencia. Ante los abrumantes recortes presupuestales que sufren las principales organizaciones humanitarias del orbe como resultado de la política aislacionista y beligerante de países donantes como Estados Unidos, es más necesario que nunca que desde México y América Latina tendamos la mano al África que más lo necesita.
Por Diego Gómez Pickering
Participación en El Heraldo México
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